El balón en México para la metralla de aquel 1986
Milicianos chiitas y guerrilleros palestinos libran encarnizados combates en Beirut, mientras se alistan los cuartos de final

CIUDAD DE MÉXICO.
Mientras Brasil, Francia, Alemania Federal y México han avanzado a los cuartos de final del Mundial, llegan noticias desde Beirut Oeste, en el Líbano: en las inmediaciones de los campamentos de refugiados de Sabia, Chatila y Bour el-Baraine, milicianos chiitas y guerrilleros palestinos libran encarnizados combates en los ratos que no hay futbol.
“Al principio pensábamos que se había acordado una tregua”, comenta Ahmed, un comerciante del barrio de Ras el-Naba, entrevistado por Juan C. Gumucio, corresponsal de Excélsior. “Pero nos dimos cuenta que la paz nocturna de estos días es obra del Mundial”.
En las barricadas de Beirut, casi nadie se pierde un partido. Combatientes de uno y otro bando dejan a un lado los lanzagradas y los morteros para reunirse en torno a televisores portátiles, que transmiten imágenes a blanco y negro gracias a la Lebanese Broadcasting Corporation, la estación de Líbano.
Al cabo de dos o tres horas, cuando terminan los partidos, Beirut vuelve a la normalidad y los combates se reanudan, en medio de comentarios del juego a cargo de los francotiradores.
De día no se alzan las armas. Se concentran más bien en tratar de cortar a tiros las antenas de televisión que emergen en territorio enemigo. “Es casi una diversión, una rara forma de hostilidad”, escribe Gumucio desde Oriente Medio.
A causa de eso, gran parte de los ciudadanos recurren a los televisores de pilas y a las baterías de coches para prevenir un apagón.
El Mundial de México 86 ha provocado que Antobelli, Negrete, Sócrates y Platini sean sobrenombres comunes entre muchos de los milicianos, que matan el tiempo viendo la televisión. Los más pequeños organizan su propio torneo en los terrenos baldíos.
“Ojalá el Mundial durara más tiempo”, comenta una ama de casa de los suburbios del sur de Beirut, una de las zonas más peligrosas por su cercanía a la línea verde, donde cristianos y musulmanes han formado su campo de batalla.
Según reportes desde Bagdad, la única baja documentada en el mundo árabe es la del iraquí Abdul Razzak Mahmoud, que murió de un infarto luego que el árbitro Edwin Picon-Ackong le anulara un gol a su selección ante Paraguay, en la fase de grupos.
Al tiempo que la guerra sigue en Beirut, Pelé asegura que en la siguiente fase de la competencia se verá “qué tan fuerte es Brasil y si es capaz de vencer al ejército de Napoleón Platini con todo y sus invasores”. Un juego de metáforas y observaciones fuera del campo.
Por otra parte, Miguel Marín, entrenador de porteros de México, dice que los alemanes “no son invencibles y se les puede ganar”.
La espera se hace eterna en Beirut porque la paz ha terminado.
