El día que la Tierra se detuvo: la advertencia de 1951 que sigue vigente

Las películas que "vieron" el futuro: en 1951, El día que la Tierra se detuvo imagina una visita extraterrestre, un robot de poder extraordinario y un mundo obligado a preguntarse si sus propias armas representan una amenaza para todos.

Por: Carolina Rojo

Visitante extraterrestre de pie frente a una nave espacial en una escena de El día que la Tierra se detuvo, película de 1951.
Un visitante extraterrestre aparece junto a su nave espacial en esta escena de El día que la Tierra se detuvo, clásico de ciencia ficción estrenado en 1951.Ilustración / DALL-E

Acabo de salir del cine y todavía resulta difícil ordenar lo que uno acaba de ver. No todos los días llega a Washington una nave procedente de otro planeta, y mucho menos acompañada por un hombre que habla nuestro idioma y por un gigantesco autómata de metal capaz de enfrentarse, sin aparente esfuerzo, con soldados, tanques y cañones.

El día que la Tierra se detuvo (también titulada Ultimatum a la Tierra) comienza como una historia extraordinaria de ciencia ficción, pero termina dejando una pregunta bastante más cercana, ¿qué sucedería si algún día nuestra propia capacidad de destrucción llegara demasiado lejos?

Una nave extraterrestre desciende sobre Washington

La película comienza con una noticia que podría provocar el pánico de cualquier ciudad. Un objeto desconocido atraviesa el cielo a más de 4 mil millas por hora. Los operadores de las estaciones de radio intentan averiguar de qué se trata, mientras militares y científicos siguen su trayectoria.

Finalmente, la nave desciende sobre Washington. El ejército rodea el lugar con tanques, artillería y ametralladoras, preparado para enfrentarse a lo que sea que haya llegado desde el espacio.

Entonces se abre la nave. Klaatu desciende y anuncia que viene en son de paz. Pero lleva consigo un regalo destinado al presidente y, antes de poder explicar sus intenciones, un soldado dispara contra él.

Es entonces cuando aparece Gort. El enorme robot se pone en movimiento y demuestra de inmediato que las armas terrestres no significan gran cosa frente a él.

Nave espacial con forma de platillo aterrizada en Washington, rodeada por una multitud y vehículos militares frente al monumento.
Una nave espacial aparece frente al Monumento a Washington mientras una multitud y fuerzas militares observan su llegada en la película de 1951.Ilustración / DALL-E

Más tarde, los ingenieros intentan abrir su cuerpo utilizando herramientas cada vez más poderosas y tampoco consiguen hacerle daño.

Y aquí aparece uno de los grandes aciertos de la película: en lugar de entregarnos inmediatamente una batalla entre monstruos y seres humanos, nos presenta a Bobby, un pequeño que conoce a Klaatu cuando para pasar inadvertido se hace llamar Carpenter.

Bobby está particularmente impresionado por las noticias, por los soldados y por el visitante de otro planeta. Pero al paso de los minutos, quiere saber quién es aquel hombre, de dónde viene y qué puede contarle. Termina acompañándolo por Washington y convirtiéndose, sin saberlo, en uno de los personajes más importantes de toda esta historia.

Bobby mira al visitante de otra manera

Hay algo entrañable en la relación entre ambos. Mientras los adultos hablan de invasión, espionaje y peligro, Bobby simplemente conversa con Carpenter.

Lo lleva al cine, le enseña la ciudad y termina visitando con él el cementerio de Arlington. Allí, frente a las tumbas de quienes murieron en las guerras, el muchacho descubre que su nuevo amigo viene de un lugar donde las cosas son diferentes.

Carpenter le cuenta que en su planeta no existen guerras como las de la Tierra. Bobby escucha y responde con la naturalidad de quien todavía no ha aprendido a desconfiar de todo desconocido.

Bobby también hace las preguntas que los mayores parecen haber olvidado. Quiere saber cómo funciona la nave, qué la hace volar y qué clase de fuerza utiliza.

Cuando Carpenter le habla de energía atómica, el niño pregunta si aquello solamente sirve para las bombas. La conversación resulta sencilla, pero detrás de ella aparece una de las ideas centrales de la película, la misma ciencia que puede utilizarse para destruir también puede servir para llevar al hombre mucho más lejos de lo que hoy imaginamos.

Quizá por eso Bobby sea el personaje que más permanece en la memoria al abandonar la sala. En una ciudad dominada por el miedo, él conserva la curiosidad.

Incluso cuando descubre que Carpenter es el hombre de la nave y que aquel gigante de hierro realmente se mueve cuando recibe sus órdenes, no deja de considerarlo su amigo. Su madre cree que ha tenido una pesadilla, pero Bobby insiste, lo vio con sus propios ojos.

Gort, el hombre de hierro que puede detener al mundo

Mientras Bobby intenta comprender a Carpenter, los gobiernos intentan detenerlo. La búsqueda se extiende por Washington y las autoridades consideran al visitante una amenaza.

Pero Klaatu no ha venido a conquistar la Tierra. Ha venido a entregar un mensaje que considera demasiado importante para confiárselo a un solo gobierno.

Quiere que representantes de las naciones escuchen juntos su advertencia, algo que resulta casi imposible en un mundo dividido por las desconfianzas internacionales.

La demostración de poder llega cuando la Tierra se detiene. Durante un periodo de 30 minutos la electricidad queda neutralizada y con ella dejan de funcionar teléfonos, radio y otros sistemas de comunicación.

Hospitales y algunos servicios esenciales continúan operando, pero las ciudades descubren de pronto hasta qué punto dependen de aquello que normalmente damos por sentado.

No hace falta destruir una ciudad para demostrar poder: basta con detenerla.

Pero hay algo todavía más inquietante en Gort. Klaatu explica que los seres de otros planetas crearon autómatas destinados a mantener la paz.

Esas máquinas tienen autorización para actuar automáticamente ante cualquier agresión y poseen un poder absoluto sobre quienes las crearon.

La idea parece fantástica, pero también terriblemente lógica, una sociedad que quiere garantizar la paz ha entregado a sus máquinas la capacidad de responder cuando alguien decide utilizar la violencia.

Klaatu no oculta las consecuencias. Si la humanidad pretende llevar sus armas y su violencia más allá de su propio planeta, la Tierra podría ser eliminada.

No habla como un conquistador; habla como alguien que está dando una última oportunidad. Su pueblo también tuvo guerras, explica, pero encontró un método para impedir que la agresión acabara con todos.

Los autómatas son parte de ese sistema y actúan sin esperar una nueva orden cuando detectan una amenaza.

La advertencia detrás de la ciencia ficción

Al salir del cine, resulta inevitable pensar en el momento que vive el mundo. La humanidad acaba de entrar en la era atómica y sabe ya que posee armas de una capacidad destructiva desconocida hasta hace apenas unos años.

Por eso la película no parece hablar únicamente de visitantes de otros planetas. Habla de nosotros. De nuestras armas, de nuestras rivalidades y de la dificultad para sentarnos a hablar antes de recurrir a la fuerza.

Y también deja una idea que quizá sea todavía más inquietante: algún día podríamos construir máquinas capaces de hacer por nosotros aquello que hoy solamente pueden hacer los seres humanos.

Gort no discute, no siente miedo y no necesita convencer a nadie. Recibe una orden y actúa. Su enorme poder depende de una regla que los hombres han decidido establecer.

La película nos obliga a preguntarnos si sería prudente entregar semejante poder a una máquina.

Pero si hay una imagen que me llevo de esta función, no es la de los tanques frente a la nave ni la del gigante metálico caminando entre los soldados.

Es la de Bobby mirando a Carpenter con curiosidad. Mientras todos alrededor suyo ven un peligro, él ve a alguien que ha venido de muy lejos y quiere saber por qué está aquí.

Quizá esa sea la verdadera lección de El día que la Tierra se detuvo. Gort puede ser la máquina más poderosa de la película, pero Bobby es quien mejor entiende al visitante.

En un mundo que acaba de descubrir que la ciencia puede darle un poder capaz de destruirlo, tal vez antes de construir máquinas todavía más poderosas convendría aprender algo mucho más sencillo: escuchar al desconocido antes de disparar.