Hoy, a las 7:19, la bandera subirá a media asta en el Zócalo y ahí se quedará todo el día. Conviene decir que el sismógrafo no marcó esa hora: el Servicio Sismológico registró el movimiento a las 7:17 con 49 segundos. La memoria lo corrió dos minutos y el país adoptó la corrección sin discutirla. La hora del duelo mexicano la puso la gente.
Lo demás lo puso la placa de Cocos hace 41 años, frente a la desembocadura del río Balsas, a quince kilómetros bajo el mar. Magnitud 8.1. Tardó dos minutos en llegar a una ciudad que estaba desayunando y duró minuto y medio. Al día siguiente vino una réplica de 7.6 que tiró mucho de lo que quedaba en pie.
32 años después, el 19 de septiembre de 2017, a las 13:14 con 39 segundos, volvió a temblar. Magnitud 7.1, epicentro entre Puebla y Morelos. Habían pasado dos horas del simulacro conmemorativo. Quedaba gente en las banquetas comentando el ejercicio cuando el ejercicio se volvió realidad macabra y acuciante.
Hubo una tercera que casi nadie recuerda porque no dolió igual. El 19 de septiembre de 2022, a las 13:05, un sismo de 7.7 en Coalcomán, Michoacán, minutos después de que concluyera el simulacro de ese año. Dos muertos. Tres veces la misma fecha en 37 años. Geofísicos de la UNAM se tomaron la molestia de calcular esa coincidencia y les salió dos millonésimas de uno por ciento. Es decir: imposible. Y sin embargo, ocurrió. Los sismólogos llevan décadas explicando, con una paciencia que les agradezco, que la Tierra no lee calendarios. Carlos Valdés, que dirigió el Sismológico, lo dijo mejor que nadie: sí hay temporada de sismos, del primero de enero al 31 de diciembre. Tiene razón. Y aun así la fecha existe. No existe en la falla, existe en nosotros. Una casualidad convertida en pacto.
De 1985 seguimos sin saber cuántos murieron. El gobierno reconoció entre seis y siete mil, la CEPAL contó 26 mil, las organizaciones de damnificados hablaron de treinta y cinco mil. Que un país no sepa cuántos de los suyos quedaron debajo describe con exactitud al Estado que teníamos entonces. De 2017 sí sabemos: 369 personas, 228 de ellas en la Ciudad de México, y 62 mil millones de pesos en daños. Haber aprendido a contarlos por su nombre también fue parte del aprendizaje.
En ambas fechas ocurrió lo mismo, y es lo único luminoso que tengo que contar. Antes que la autoridad llegaron los vecinos. Monsiváis escribió que entre aquellos escombros nació la sociedad civil mexicana, gente que descubrió de golpe que podía organizarse sin pedir permiso. En 2017 lo repitió una generación que ni había nacido en el 85 y que, sin ensayarlo nunca, levantó el puño en alto para pedir silencio. Nadie enseñó ese gesto en ninguna escuela y todos lo entendimos.
De ahí salió el resto. El CIRES en 1986, el sistema de alerta operando desde 1991 con 12 estaciones en la costa de Guerrero, la primera alerta sísmica pública del mundo, y en 1993 la elección del sonido con una sola condición: que fuera imposible confundirlo con otra cosa. Tenemos un grito para el 15 de septiembre. También tenemos ese chillido metálico, lo más parecido a un himno de la prudencia que hemos compuesto.
Hoy a las 12 saldrá de más de 80 millones de teléfonos y de unos 23 mil altavoces en las 32 entidades. La hipótesis principal supone un sismo de 7.7 con epicentro en Tehuacán. Es la primera vez que el simulacro se hace en sábado, para ensayarlo desde la casa, que es donde de verdad nos va a agarrar.
Y aquí va lo que me inquieta. La solidaridad no es un rasgo genético ni nos la heredó el 85. Es un músculo, y los músculos, cuando no se ejercitan, terminan por atrofiarse. Lo que hizo posible aquello fue que durante unas horas nadie preguntó por quién votaba nadie: la cadena humana no pedía credencial. Hoy vivimos instalados en la sospecha y todo se lee en clave de bando, el donativo, el censo, la reconstrucción. Ya lo vimos en 2017, cuando la ayuda tuvo color y el escombro se volvió campaña. Ese óxido avanza despacio y no hace ruido.
Hoy, durante un minuto, millones de mexicanos estaremos haciendo lo mismo al mismo tiempo sin que nadie nos pregunte nada. Es más de lo que conseguimos cualquier otro día del año. Salgamos, contemos los pasos, hagamos el plan familiar aburridísimo que nos piden (pero que nos puede salvar la vida). Y ensayemos la otra parte, la que no viene en el protocolo: mirar al de junto sin preguntarle nada.
