Ariadna, el hilo que Claudia teje

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Cuando Claudia Sheinbaum grabó el martes el video en uno de los patios de Palacio Nacional, flanqueada por la estructura territorial de la Secretaría de Bienestar, no estaba sólo anunciando un cambio de gabinete. Estaba enviando un mensaje de geometría política: Ariadna Montiel deja la Secretaría de Bienestar “porque quiere avanzar en otras tareas del movimiento”, y Leticia Ramírez ocupa su lugar. No hay margen para otra lectura: Morena, a partir del 3 de mayo, tendrá una dirigente que llega de la mano de Sheinbaum.

En política, los movimientos más relevantes no siempre son los más estridentes. Éste debe leerse menos como un ajuste administrativo y más como una decisión estratégica en un momento donde las tensiones internas del partido exigen conducción y capacidad de operación. El desafío de Morena hoy no viene de afuera. Es interno. Múltiples facciones, reglas no del todo claras rumbo a la próxima elección y liderazgos que han adelantado tiempos políticos. Las disputas por candidaturas, los posicionamientos anticipados y los episodios de confrontación pública entre figuras relevantes muestran un clima de competencia interna que requiere, antes que nada, conducción.

El relato más fácil es el de la continuidad: Montiel como una pieza más del lopezobradorismo histórico, una operadora que sólo cambia de trinchera. Ese relato es cómodo y, en lo esencial, equivocado. Montiel fue ratificada en el cargo en julio de 2024 —es decir, ya dentro del gobierno de Sheinbaum, no sólo del anterior—. Su continuidad no fue inercia burocrática; fue una decisión deliberada. Y su traslado a la dirigencia tampoco es un reacomodo espontáneo: todos estos movimientos forman parte de una estrategia de fortalecimiento de Morena con miras a las elecciones de 2027. No es López Obrador quien la manda a Morena. Es Sheinbaum quien la necesita ahí.

El perfil de Montiel no responde a la estridencia, sino a la operación. Durante su paso por Bienestar demostró capacidad logística, coordinación interinstitucional y ejecución de programas a gran escala. Construyó estructuras territoriales amplias y conoce como pocos las redes de base que son el músculo real del partido. Ricardo Monreal la describió como “organizada, tolerante, prudente y buena articuladora de consensos y de acuerdos”. Ése es el perfil del operador eficaz, y en un ciclo donde vienen la renovación de la Cámara baja y 17 gubernaturas, vale más que cualquier pureza doctrinal. Además formó parte del primer círculo del lopezobradorismo y luego se integró al equipo de confianza de la Presidenta. Esa bisagra le permite tender puentes entre quienes reivindican la cercanía con el fundador del movimiento y quienes responden a la nueva etapa institucional. La Presidenta no ejerce el liderazgo a través de la ruptura ni de la exhibición de fuerza. Ha privilegiado la contención y la prudencia para evitar fracturas en un movimiento que, aunque mayoritario, convive con indisciplinas internas y un contexto económico complejo.

El mensaje político es claro. No se trata de desplazar, sino de ordenar. Con Montiel en la dirigencia, Sheinbaum asegura una operadora con experiencia territorial probada para blindar al partido de cara a los próximos procesos electorales. La fortaleza de un movimiento no se mide sólo por su capacidad de ganar elecciones, sino por su habilidad para procesar diferencias sin implosionar.

Hay algo más que este movimiento revela y que vale la pena nombrar. El hecho de que sea Sheinbaum quien anuncia la salida, quien elige a la reemplazante en Bienestar, quien encuadra el traslado como parte del movimiento que “todas y todos defendemos”, habla de una Presidenta que consolida el control sobre la estructura partidista con una claridad que en los primeros meses de su gobierno no era tan evidente. El partido está siendo reconfigurado a su imagen, con sus tiempos, con sus piezas.

La apuesta es consolidar sin estridencia, cohesionar sin fracturar, fortalecer la estructura antes de que el calendario electoral avance. Ariadna Montiel es, en ese sentido, menos un nombre propio que una señal de época.

El partido, por fin, empieza a ser de Claudia.