Volver a creer en la política
Vivimos en tiempos interesantes, propios de augurio chino. La democracia mexicana enfrenta el mayor riesgo de nuestra historia, no sólo por el descarado e inmoral embate desde la Presidencia sino, también y sobre todo, por la pobre oferta política, moral e intelectual de ...
Vivimos en tiempos interesantes, propios de augurio chino. La democracia mexicana enfrenta el mayor riesgo de nuestra historia, no sólo por el descarado e inmoral embate desde la Presidencia sino, también y sobre todo, por la pobre oferta política, moral e intelectual de unos partidos políticos que hace mucho dejaron de entender a la ciudadanía. El reto no sólo consiste en salvar a las instituciones democráticas de las pretensiones de un tirano en ciernes: el reto, en realidad, se trata de volver a creer en la política.
La política no puede seguir siendo entendida como el campo para aplastar al adversario e imponer las ideas propias, sino que se trata del espacio que creamos entre todos para negociar un futuro mejor, a pesar de nuestras diferencias. Los abusos y tropelías de los regímenes anteriores, magnificados y enmarcados por el Presidente, a su conveniencia, le han permitido marcar una diferencia entre su llamado “humanismo mexicano” y una política tradicional que no sería más que la oportunidad que unos cuantos aprovechan para robar a su antojo. Un concepto que nuestros políticos, en los hechos, no han logrado desmentir.
El Presidente ha mantenido el apoyo de la ciudadanía con una fórmula sencilla de entender, y que repite hasta el cansancio aunque no sea cierta: la corrupción ya no se permite, y lo que antes se robaban los corruptos ahora se reparte entre el pueblo bueno. En este sentido, las críticas al Presidente son enmarcadas de inmediato como un intento más de los políticos del pasado para recuperar sus privilegios perdidos: en este sentido, también, a la gente le resultan irrelevantes las críticas al gobierno en tanto sigan recibiendo el dinero de los apoyos sociales, mismo que los corruptos querrían seguir robando. La oposición ataca, y el Presidente se fortalece; los liderazgos partidistas se niegan a reconocer su mediocridad, y la democracia que hemos construido se enfrenta, ahora, al mayor riesgo de la historia.
La oposición se ha perdido en sus conflictos internos, y se ha limitado a criticar el presente sin reconocer el pasado y, sobre todo, sin plantear una opción a futuro que considere las causas que llevaron al poder al mandatario en funciones, incorporando incluso a sus seguidores más recalcitrantes. El obradorismo llegó gracias a la esperanza en un país más justo, y se ha mantenido en virtud al respiro que representan los programas sociales: si la oposición no es capaz de plantear un sueño al menos tan alto, asegurando la permanencia de los apoyos económicos, no tendrá posibilidad alguna en contra de quienes prometan la continuidad.
Una continuidad que, si bien no es favorable para el país, al menos ofrece seguirse reflejando en la solución de los problemas de corto plazo que adolecen las familias menos favorecidas. Este es el gran acierto del Presidente, el mismo que la oposición no ha sido capaz de advertir: a la gente no le importa la definición de un plan efectivo de gobierno, sino resolver sus preocupaciones más cercanas, y más si siente que cobra alguna clase de revancha. En el caso del Presidente, su estrategia ha sido llegar a la gente con dinero en efectivo que no tenían antes; en el caso de los partidos de oposición, su problema ha sido no lograr convencer a la ciudadanía de que no regresarán a robar como ya lo han hecho antes.
Es preciso defender al INE, pero al mismo tiempo es fundamental volver a creer en la política. Defender la democracia es un concepto que en abstracto resulta inapelable, pero cuando la batalla se traduce en beneficios para los mismos partidos de siempre la situación se vuelve descorazonadora: de ahí la falta de interés y el abstencionismo. Salvemos al INE, con toda nuestra convicción, pero exijamos más de los partidos y sus dirigencias, con la misma energía. La democracia no se trata de membretes, sino de ciudadanos: la democracia, en realidad, sólo podrá salvarse en la medida en que la sociedad vuelva a creer en la política.
