Todo es distinto, en realidad, todo cambia a cada instante. El hombre cambia físicamente, de rostro e ideas, cambia su entorno. Como lo expresó Heráclito de Éfeso: “Nadie se baña dos veces en el mismo río, pues siempre es otro río y otra persona”.
El universo cambia a cada instante, de qué asombrarse. Los griegos de la antigüedad dejaron valiosa herencia en diversos campos, uno de ellos verdadero que no es fácil de aceptar por la mayoría: los sentidos nos engañan. Pero aparte existen otros elementos de percepción y tendencia de pensamientos y épocas. Es harto evidente que el deporte, criterio y entorno de hace tres cuartos de siglo es muy diferente al actual.
El ojo y el criterio de los medios de comunicación es distinto. Pero acaso hoy somos observadores de una influencia comercial y social más intensa que años atrás. Antes, la televisión se alimentaba con los comentarios, conocimientos y experiencia de los comunicadores de los periódicos en términos generales. Era una costumbre comprar los lunes los principales diarios y leer la página deportiva para seguir los acontecimientos nacionales e internacionales, existía el deseo de comparar y seguir la apasionada pugna de ideas y la pasión e interpretación de algunos líderes como Antonio Huerta, Manuel Seyde, Flavio Zavala Millet, Fernando Marcos… en la actualidad, una mayoría de periódicos o páginas deportivas se nutre de la pantalla de cristal que proyecta acciones más comerciales y sociales que agonales, con sus excepciones. Como lo expresó el amazónico Dirceu en su experiencia en México, “les mando un balón y me regresan una sandía”.
La expresión deportiva en su fase agonal, lúdica y sacra, como en tiempos remotos, produce placer, emoción, admiración, emulación. El deporte competencia posee poderosa fuerza de atracción. Se siguen con intenso interés por neófitos, aficionados y especialistas JO, Super Bowl, campeonatos mundiales diversos. Pero no confundamos la esfera de la competencia con la de asistencia o participación social. Hay una grieta profunda entre lo agonal, lúdico y social.
Hace unos años, alcanzar un sitio alejado de la octava posición obligaba a despreciar al protagonista y a tejer tesis sin conocimiento ni sustento científico. Se les tildaba de mediocres, acomplejados, sin ambiciones, reflejo de mala alimentación.
La presencia de entrenadores extranjeros en los JO de México 68 contribuyó a elevar la cultura agonal sin poder erradicar la insatisfacción de resultados anteriores y posteriores. El reloj se detuvo en 68. La inmadurez de la cultura deportiva del país magnifica e “historifica” actuaciones de mexicanos en los JO de Invierno.
El esfuerzo de Donovan Carrillo en el sitio 22 (las marcas personales en deportes de apreciación son subjetivas; transformar en número una impresión sensorial es como el absurdo de calificar y comparar obras clásicas de música, pintura, escultura) y el último lugar, 108, de Regina Martínez en esquí de fondo merecen respeto. Medir sus actuaciones en escala de valor agonal es algo de lo más ficticio, ilusorio; un engaño.
