Entre homenajes reales y famosos de fantasía

Llenar un escenario y tener una gran convocatoria se trabaja y no es producto de las tendencias.

Gustavo A Infante

Gustavo A Infante

Última palabra

Estuve el fin de semana en Mazatlán, Sinaloa, y debo decirlo sin rodeos: pocas veces se presencia un homenaje auténtico, sin poses, sin estrategias digitales y sin influencers improvisados. Lo que ocurrió con la celebración por los 75 años de trayectoria musical de don Germán Lizárraga, hijo, primogénito del legendario don Cruz Lizárraga, fue una verdadera lección para la industria actual del espectáculo.

Porque mientras hoy muchos artistas creen que la fama se mide en seguidores comprados o tendencias pasajeras, ahí estaba reunida la historia viva de la música mexicana.

EL RESPETO NO SE FABRICA

El homenaje congregó a figuras fundamentales del regional mexicano: Julio Preciado, Pancho Barraza, Germán Montero, Saúl El Jaguar, El Mimoso y Carlos Sarabia, todos coincidiendo en algo que pocas veces se escucha con tanta unanimidad: Germán Lizárraga es una de las figuras más representativas de la banda a nivel mundial.

Y no lo decían por compromiso.

Lo decían porque saben perfectamente que sin la visión de la dinastía Lizárraga probablemente la banda sinaloense no habría cruzado fronteras ni conquistado escenarios internacionales.

Ahí no hubo playback emocional ni discursos aprendidos para TikTok. Hubo respeto real. Trayectoria. Historia.

Eso sí, siempre hay excepciones. Edén Muñoz, uno de los nombres más fuertes del momento, fue el único que decidió no conceder entrevista. Cada artista es libre de hacer lo que quiera, faltaba más, pero resulta curioso que en un evento que celebra la memoria colectiva del género alguien prefiera guardar silencio ante los medios que durante años han impulsado precisamente esa música.

La industria cambia, sí, pero la promoción sigue siendo parte del juego. Y cuando uno olvida eso, tarde o temprano la realidad toca la puerta.

LA SEÑAL DE AUXILIO QUE SE VOLVIÓ NOVELA

Esta misma fecha, hace un año, México entero observaba con preocupación a Alicia Villarreal realizando públicamente la señal internacional de auxilio, gesto utilizado por víctimas de violencia para pedir ayuda sin hablar.

La imagen fue devastadora; generó solidaridad inmediata y colocó el tema de la violencia doméstica en el centro de la conversación pública. Las acusaciones contra su entonces esposo, Cruz Martínez, estremecieron al medio artístico.

Un año después, el panorama es muy distinto.

Entre pleitos familiares, distanciamientos con su hija, nuevas relaciones sentimentales presentadas públicamente y demandas legales contra medio mundo, aquella poderosa imagen parece haberse diluido en una especie de reality involuntario.

Y aquí hay que decir algo incómodo: cuando un tema tan delicado se vuelve espectáculo constante, corre el riesgo de perder fuerza social. La violencia no puede convertirse en una narrativa mediática interminable donde cada capítulo genera más confusión que claridad.

Las causas legítimas necesitan seriedad, no episodios semanales.

El tiempo siempre revela quién tenía razón… y quién sólo tenía reflectores.

GALILEA Y EL CONTRATO CON ACOMPAÑANTE

Otra historia que circuló fuerte durante el carnaval tiene como protagonista a Galilea Montijo, una conductora que nadie puede negar que sabe mantenerse vigente.

Fue contratada para desfilar como reina invitada, pero la sorpresa —según comentan organizadores— es que llegó acompañada de su novio y que, presuntamente, parte del acuerdo incluía también su contratación.

¿Negocio en pareja? Parece que sí.

Y bueno, en tiempos donde todo se monetiza, hasta el romance puede entrar en la negociación. Al menos, dirán algunos, el novio trabaja y no sólo posa para la foto.

Lo interesante aquí no es el chisme, sino cómo el espectáculo ha evolucionado hacia una dinámica donde la vida personal se vuelve extensión del producto artístico. Hoy ya no basta con la figura pública; ahora también se vende la narrativa sentimental.

El amor, en el entretenimiento, también factura.

BELINDA, LARA CAMPOS Y EL GOLPE DE REALIDAD

Pero el verdadero baño de realidad ocurrió con los espectáculos anunciados el fin de semana en Mazatlán, encabezados por Belinda y la estrella infantil Lara Campos.

Los boletos terminaron en promoción  al 2x1.

Sí, leyó bien.

Porque simplemente no se estaban vendiendo como se esperaba.

Y aquí viene la verdad que muchos artistas y managers evitan aceptar: una cosa es el éxito digital y otra muy distinta la convocatoria real.

YouTube no compra boletos.

Instagram no llena recintos.

TikTok no paga taquilla.

Las redes sociales crean espejismos de popularidad que se desvanecen cuando llega el momento de enfrentar al público real, ése que tiene que sacar dinero del bolsillo para asistir a un espectáculo.

No es un ataque, es una realidad del mercado.

El aplauso virtual es gratis. El aplauso presencial cuesta.

Mazatlán dejó una lección clara

El contraste fue brutal.

Por un lado, un homenaje lleno gracias al respeto ganado durante décadas por

Germán Lizárraga y la historia de la banda sinaloense.

Por otro, conciertos con promociones urgentes para intentar atraer público.

Ahí está resumida la industria actual: tradición contra viralidad, trayectoria contra percepción digital.

Y aunque muchos no quieran aceptarlo, el tiempo sigue siendo el juez más implacable del espectáculo.

EL CIERRE INCÓMODO

Mientras veía a miles de personas cantar canciones que han sobrevivido generaciones enteras, entendí algo que quizá incomode a más de uno:

La fama instantánea puede hacer ruido… pero el legado hace historia.

Hoy abundan los famosos que nacen en redes y desaparecen con la misma velocidad con la que llegaron. En cambio, figuras como Germán Lizárraga siguen llenando escenarios después de décadas porque representan algo que no puede comprarse ni simularse: credibilidad.

La industria del entretenimiento vive obsesionada con la inmediatez, pero el público todavía sabe distinguir entre lo auténtico y lo fabricado.

Y Mazatlán lo dejó clarísimo este fin de semana.

Porque, al final, en este negocio no gana el que más seguidores presume…

Gana el que logra que la gente siga pagando por verlo después de toda una vida.

Así de simple. Así de cruel. Así de real.

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