Vaya precandidatura
La sorpresa de la senadora Téllez debió haber sido mayúscula cuando la misma red social que, unas horas antes la había arropado, como a nadie, al revelar sus aspiraciones presidenciales, al día siguiente le reclamaba, también como a nadie, el haber faltado a sus ...
La sorpresa de la senadora Téllez debió haber sido mayúscula cuando la misma red social que, unas horas antes la había arropado, como a nadie, al revelar sus aspiraciones presidenciales, al día siguiente le reclamaba, también como a nadie, el haber faltado a sus obligaciones de manera, según ella, justificable.
“Claro que tengo justificación”, respondió en Twitter mientras continuaba enredándose en un discurso que le atrajo más animadversión que empatía. “La selva NO se va a destruir por falta de mi voto”, trató de explicar cuando se le advirtió que el suyo era uno de los únicos dos que habrían sido necesarios para ganar la votación. “Ya van los militares a Yucatán, contra todo”, arguyó.
“Lo de hoy fue para que se considere urgente un exhorto a Fonatur para que haga una consulta a pueblos indígenas”, añadió, suponiendo que todos entenderíamos que dicho procedimiento no merecía su presencia, para rematar, posteriormente, con la cereza del pastel: “Aunque se hubiera ganado la votación, no se podría detener a AMLO”. Pues sí, entonces mejor no ir a votar. Vaya optimismo.
Y vaya precandidatura. “¡Bienvenida, Lilly Téllez!”, había anunciado el presidente del PAN, apenas el 28 de marzo por la mañana. “Cierro filas con el PAN y me uno al equipo con todas las de la ley”, respondería la senadora un par de horas más tarde, para destaparse como precandidata presidencial de su nuevo partido al día siguiente, el 29 de marzo, antes de haber cumplido —ni siquiera— 28 horas de militancia partidista. “No fui caballo de Troya, y no soy el caballo negro… pero si me toca correr en la próxima, seré el caballo que alcanza y gana”. Durante todo el día, las felicitaciones no harían esperar: la votación por el exhorto tuvo lugar el 30 de marzo y, desde entonces, la crisis de reputación continúa, no sólo para la senadora o para su novísimo partido, sino para la oposición entera.
Una oposición desdibujada, a la que la crisis de la senadora llega en el peor momento posible. El tiempo se agota, las opciones se reducen y, a pesar del estruendoso fracaso de esta administración en todos los rubros, los partidos políticos no han sido capaces de conectar con las preocupaciones de una ciudadanía que no entienden, y a la que cada vez decepcionan más. ¿Qué podría ser más importante, en este momento, que el ecocidio provocado por el Tren Maya, los medicamentos para los niños con cáncer, o la inseguridad que azota a nuestro país? ¿Cuáles son las prioridades de nuestros políticos?
Las prioridades de la sociedad son muy distintas a las que mantienen los partidos y, a una semana de la consulta de revocación de mandato —y en medio de las nuevas amenazas al INE, proferidas ahora por el secretario de Gobernación— los políticos no han sabido encontrar los argumentos suficientes para mover a una ciudadanía que no sólo está desmotivada y apática, sino que ha dejado de creer en ellos.
La falta de certidumbre que ofrecen los partidos es un problema real para la ciudadanía. En las condiciones actuales, y con las dirigencias y precandidatos con los que cuentan los partidos, se antoja muy complicado que cualquiera de ellos pudiera vencer al aparato oficial en 2024: de ahí la tentación, para mucha gente, de participar en la consulta del próximo domingo. Los partidos políticos, simplemente, no ofrecen viabilidad.
La ciudadanía, sin embargo, está despertando. Las redes sociales son un termómetro, pero la indignación de la sociedad civil tendrá que traducirse en acciones concretas en cuya implementación deberán involucrarse los políticos, si es que quieren recuperar la confianza de la ciudadanía. Una confianza que se ganará con algo más que estridencias en tribuna, promesas de órdenes de aprehensión o precandidaturas de madruguete: México, en verdad, está cansado de tanta grilla. México ya sufrió durante tres años con un demagogo sediento de revancha: después de lo que ha sido esta pesadilla, no podemos enfrascarnos en la búsqueda de otro —u otra— más.
