Una disculpa mascullada entre los dientes

Happy birthday, Silvana. “Si necesitan ayuda, que la pidan”. El presidente Sánchez no lo sabía, pero acababa de pronunciar la frase que marcaría y terminará por definir su futuro político. La visita con el rey, al lugar de la ...

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

                Happy birthday, Silvana.

“Si necesitan ayuda, que la pidan”. El presidente Sánchez no lo sabía, pero acababa de pronunciar la frase que marcaría —y terminará por definir— su futuro político. La visita con el rey, al lugar de la tragedia, sería el último clavo al ataúd de una administración culposa e irresponsable: en cualquier democracia moderna, nada puede ser más vergonzoso que la imagen de un presidente que tiene que salir por piernas ante el reclamo legítimo del pueblo que le ha elegido.

La tragedia no ha terminado, sin embargo: al horror de las imágenes dantescas de la inundación le seguirá la legítima indignación en cuanto se descubra la magnitud real de la tragedia y las responsabilidades comiencen a deslindarse. El paso de la gota fría por Valencia no sólo es el mayor desastre natural de la historia reciente de España, sino que también el ejemplo más palpable de la irresponsabilidad criminal en la que pueden caer los representantes del Estado cuando los intereses políticos priman sobre el bienestar de la ciudadanía.

Los fenómenos naturales no pueden controlarse, pero es posible prevenir el impacto que tendrán sobre la población y generar estrategias para la mitigación y control de los daños que causará: en el caso de la catástrofe de Valencia el Estado tuvo acceso a la información de manera oportuna, pero la falta de coordinación entre los distintos niveles de gobierno tuvo como consecuencia una cantidad —todavía indeterminada— de víctimas que no tendrían que haber fallecido de haber cumplido las autoridades con su trabajo. El gobierno se tambaleará día tras día, conforme el número de víctimas reconocidas se incremente y la tragedia humana se desenvuelva: las facciones más radicales identificarán un campo fértil a sus ambiciones, y el panorama político español —y europeo— podría cambiar por completo en unas cuantas semanas. Las lluvias, mientras tanto, seguirán cayendo.

Nada puede ser más vergonzoso que la imagen de un presidente saliendo por piernas, a la usanza de un torero cobarde, ante el reclamo legítimo del pueblo que le ha elegido. La espantada de Sánchez, sin embargo, no sólo se llevará también entre las piernas al presidente de la Comunidad Valenciana, sino que repercutirá en la relación de la monarquía con sus súbditos, y traerá aparejada consigo una miríada de regulaciones y cambios en la legislación —a nivel municipal, nacional y europeo— para hacer frente a las nuevas condiciones de una realidad que no puede seguirse ignorando. El mundo ha cambiado por completo, y tenemos que adaptarnos a las nuevas condiciones de un medio ambiente que ya no conocemos: las circunstancias son distintas ahora, pero la responsabilidad del Estado —y de aquellos que le representan— es exactamente la misma.

El Estado español fue omiso en su actuación, en los tres niveles de gobierno: las autoridades actuaron de manera culposa, en tanto los efectos de dicha omisión no se provocaron de manera deliberada sino por negligencia de sus integrantes. El Estado español también actuó de manera culpable, toda vez que la actuación de sus representantes se ciñó más a sus propios intereses políticos que al bienestar de la ciudadanía: la responsabilidad de las autoridades en el desaguisado es evidente, y la repetición continua del tipo criminal —en distintos países— terminará por incluir las omisiones gubernamentales como uno de los elementos definitorios de los delitos de lesa humanidad.

Las lluvias, mientras tanto, seguirán cayendo. España es un país con el que mantenemos un vínculo cercano y ancestral, a pesar de nuestros dirigentes: los gobiernos temporales podrán tener sus propias diferencias, pero nunca dejaremos de ser naciones hermanas con una historia compartida. México es una nación generosa que ha atravesado momentos difíciles, y nuestra experiencia y protocolos de atención a crisis serían invaluables en estos momentos: cualquier estadista responsable debería entender que un agradecimiento sincero siempre será mejor que una simple disculpa mascullada entre los dientes.

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