Un tren sin destino alguno
Ya tenemos tren, aunque no sirva de nada. Como tenemos un nuevo aeropuerto; como tenemos una flamante, y grandiosa, refinería. Como tenemos un Presidente que todos los días tiene una reunión sobre seguridad a las seis de la mañana; como tendremos una farmacia inmensa, ...
Ya tenemos tren, aunque no sirva de nada. Como tenemos un nuevo aeropuerto; como tenemos una flamante, y grandiosa, refinería. Como tenemos un Presidente que todos los días tiene una reunión sobre seguridad a las seis de la mañana; como tendremos una farmacia inmensa, con todos los medicamentos del mundo.
Como tenemos —también— un gobierno que adoptó como blasón la imagen del propio mandatario, y como divisa aquella de “por el bien de todos, primero los pobres”. El Tren Maya es un logro que se presume simplemente porque se alcanzó, que no por su conveniencia: es imposible soslayar que su acometimiento destruyó la selva sin miramientos, y sin que existiera un estudio de factibilidad que lo respaldara como un polo de desarrollo para la región; sin que existiera una estrategia para beneficiar a las comunidades que atravesaría, sino, muy al contrario, comprometiendo el delicado equilibrio del ecosistema de que dependen.
Sin tomar en cuenta al territorio ni a la gente, sin mayor previsión que la mera intuición de un mandatario que, en cambio, sabe perfectamente cómo aprovecharlo para sus propios fines políticos. La infraestructura ya fue creada; el tren de marras ya existe —como las otras obras faraónicas— y eso en sí mismo es suficiente para legitimar la narrativa del Presidente y generar votos aunque las soluciones instrumentadas no resuelvan los problemas de fondo.
Los pobres seguirán estando ahí, aunque el tren —vertiginoso— ahora pase junto a ellos: los jóvenes continuarán migrando, y las comunidades vacías seguirán quedando a merced del crimen organizado. Al Presidente parecería convenirle, sin embargo: los contratos se han repartido, la popularidad se mantiene firme, los logros ahora pueden presumirse. La economía está boyante, las remesas se han incrementado como nunca y ahora constituyen el principal ingreso de un país que, por sí mismo, no podría sobrevivir: un país que se ha convertido en una fábrica de pobres que no sólo son explotados políticamente mientras permanecen en el territorio, sino también de manera económica cuando se ven obligados a escapar de una realidad sin futuro. Un tren sin destino alguno.
Una realidad sin futuro que, si bien fue provocada por la corrupción y frivolidad de los gobiernos anteriores, ahora está siendo explotada —política y económicamente— sin el menor escrúpulo. La administración en funciones presume sus logros económicos, aunque su viabilidad dependa, por completo, de los envíos de quienes han tenido que buscarse la vida en un lugar distinto. El gobierno de López Obrador no ha sido capaz de crear las condiciones suficientes para que el país pueda sobrevivir por sí mismo, sin las limosnas que le llegan del exterior: los logros de esta administración, como de cualquier otra, no tienen ningún sentido en tanto dependan de las remesas provenientes de la gente que sus propias políticas ha seguido expulsando.
“Son unos héroes”, festeja desde las mañaneras. Y cómo no habrían de serlo, si son quienes han financiado a una administración cuyo éxito depende de lo que para nuestros vecinos es un problema apremiante. La crisis migratoria es un problema real, claro y presente para EU, de cuyas consecuencias nuestro gobierno ha sabido aprovecharse —así como sus aliados impresentables— para lograr sus propios fines: las campañas se aproximan, y los gringos no tardarán en advertirlo. La próxima presidenta, sea quien sea, habrá de sufrir las consecuencias.
Tenemos un tren sin destino alguno; tenemos a un Presidente ensoberbecido y a una oposición beligerante, que preparan sus propias batallas. Tenemos a millones de personas que esperan un futuro mejor, de las que nadie parece acordarse; tenemos, también, a un vecino que nos mantiene en la mira. Tenemos una sociedad dividida, que tendrá que reconciliarse e incluir a los más pobres para salir adelante. Tenemos, sea como sea, un México por el cual seguir luchando.
