Un temerario salto al vacío

A 13 años… Los gobiernos lo habían acordado, desde antes; los aviones se encontraban en ruta cuando se recibió la noticia a través de las redes sociales. Era muy poco lo que se hablaba de Colombia en la esfera internacional hasta el ...

                A 13 años

Los gobiernos lo habían acordado, desde antes; los aviones se encontraban en ruta cuando se recibió la noticia a través de las redes sociales. Era muy poco lo que se hablaba de Colombia en la esfera internacional hasta el día de ayer por la madrugada, cuando Gustavo Petro decidió, sin más, realizar un salto al vacío.

Un salto al vacío. La torpeza política de Petro resultó en un regalo invaluable para Donald Trump, quien —sin lugar a dudas— sabrá cómo aprovecharlo de acuerdo a sus propios intereses: la economía colombiana depende en gran medida del comercio con EU, y el presidente norteamericano ahora cuenta con la víctima perfecta, que hasta ahora no había podido encontrar, no sólo para mostrar su poderío personal ante el mundo, sino para infundir un temor —más que fundado— sobre cualquier mandatario que se le pudiera oponer en el futuro.

La respuesta no tardaría en llegar, y el diálogo consecuente cayó como un balde de agua fría entre la comunidad internacional: la contrarréplica —retadora y soberbia— del presidente colombiano frente a las medidas draconianas, sólo pareció anticipar el caos en el que se sumirá una nación que, apenas hace unos días, no lo esperaba en absoluto. Colombia, tristemente, se convertirá en el ejemplo mundial del rumbo que tomarán las relaciones bilaterales con Estados Unidos durante los próximos años.

El mundo se divide en bloques, mismos que se definen en estos momentos por las decisiones tomadas por los gobiernos elegidos en los últimos años. Por nuestros políticos, en lo personal: en el caso específico de Gustavo Petro, a la embriaguez de las redes sociales le sucedería la resaca de ofrecer el avión presidencial para un supuesto regreso digno de los migrantes, así como una posterior convocatoria a la Celac para realizar una reunión extraordinaria en la que pretendería asumir el liderazgo de la región entera en contra del proverbial imperialismo yanqui. Los bloques, sin duda, se están formando.

“Con México estamos negociando muy bien”, afirmó el mandatario norteamericano en su intervención remota, la semana pasada, para el Foro Económico de Davos. “Tenemos una relación muy buena con México: la relación ha mejorado en los últimos años”, reiteraría apenas unos días después de la firma de las órdenes ejecutivas que le conferirían un poder sobre nuestro territorio, mismo que, en los hechos, resulta superior al que nuestra Constitución le reconoce a la Presidenta en funciones. Sería válido suponer que las amenazas proferidas en público son, al menos, las mismas que se han hecho en lo privado: lo que en Canadá le costó el puesto a un primer ministro, en Colombia podría significar el futuro de una generación entera. Con México, por lo pronto, se negocia bien

“Con México se negocia bien” sea lo que sea que ello signifique. Estados Unidos no tiene amigos sino intereses, y la cercanía entre las dos naciones da lugar a un entramado mucho más complejo al existente con otros países en todos los sentidos. México es un país autónomo, se afirma desde la tribuna oficial mientras que las cifras de los deportados recientes rebasan los registros históricos: México defiende su soberanía, se repite hasta el cansancio mientras las autoridades siguen tratando de nadar entre dos aguas por completo incompatibles. En México puede pasar cualquier cosa: con México se negociará bien, sin duda alguna, en tanto se respeten los acuerdos internos de quienes se encuentran en el poder.

El mundo se divide en bloques distintos, mismos que aún no terminan de definirse cuando ya deben aprestarse para una batalla en la que todavía no se sabe, bien a bien, quién será el enemigo a enfrentar en el futuro. El pasado reciente no es más que un estorbo: el camino natural de México parecería estar muy claro, y no siempre es necesario doblegarse —ante Washington o Macuspana— para seguir la ruta correcta. México no tiene razones para dar, como Colombia, un temerario salto al vacío.

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