Un país que no se vislumbra

Para mi abuela, Lupita. Las imágenes son terribles, devastadoras. Los machetazos, las hoces, los rifles. La turba enardecida, que descarga su furia en unos cuantos: la muerte violenta, transmitida al instante por las redes sociales. El ...

                Para mi abuela, Lupita.

Las imágenes son terribles, devastadoras. Los machetazos, las hoces, los rifles. La turba enardecida, que descarga su furia en unos cuantos: la muerte violenta, transmitida al instante por las redes sociales. El contexto lo hace peor, todavía: el abuso histórico de los criminales, las autoridades rebasadas, el pueblo bueno que se vio obligado a tomar la justicia por su propia mano. Fuenteovejuna, señor.

El Presidente de la República, que insiste en que todo va bien, aunque reconoce que no puede ingresar a todos los municipios: la ciudadanía que lo ha seguido apoyando, aunque viva inmersa en una pesadilla cotidiana y sangrienta. Los errores se han acumulado, y lo que ahora vivimos no es sino la consecuencia de cinco años de un pésimo gobierno: un gobierno con el que la gente está contenta, a pesar de todo. Quienes reciben los apoyos sociales —y los mensajes del Presidente, aunque estén plagados de mentiras— viven en circunstancias más propicias que las que les ofrecieron las administraciones anteriores: ahora no sólo tienen un ingreso adicional, sino que son tomados en cuenta. Y tienen una esperanza para el futuro.

Una esperanza que, hasta el momento, se ha traducido —y lo seguirá haciendo— en la popularidad del Presidente y en la consecuente aceptación de su candidata. La crítica puede ser dolorosa, pero no por ello deja de ser necesaria: la campaña de la oposición, si bien apela a razones válidas a largo plazo, ha sido —por decir lo menos— breve con los más desfavorecidos y sus necesidades apremiantes. Con las clientelas de López Obrador.

La campaña podría mejorarse si sus objetivos fueran más ambiciosos que meramente afianzar a los que ya difieren con el Presidente, y esforzarse en convencer a los arrepentidos de sus políticas públicas: sin un planteamiento distinto, la candidata —en los hechos— estaría renunciando a una mayoría que hasta el momento ni le reconoce ni le acepta. Una mayoría a la que, en el futuro cercano, se supone que pretende gobernar. La campaña no debería ser un momento más de polarización, sino una oportunidad para encontrar puntos en común, en vez de centrarnos en nuestras diferencias.

La campaña de Xóchitl tendría que dirigirse no sólo a los ya convencidos de votar por ella, sino —sobre todo— a quienes hasta el momento desconfían de ella. La oposición no puede pretender llegar a poner un orden del que no fueron capaces en su momento, ni mucho menos a enderezar un rumbo que ellos mismos no tienen —ni tuvieron— claro, cuando estuvo bajo su responsabilidad: el país ha sufrido una transformación innegable, y la candidata de la oposición no debería de ofrecer el regreso a un pasado dudoso, sino un futuro mejor para todos.

Un país en el que todos quepamos, un México en el que todos nos sintiéramos contentos y orgullosos de poder vivir: esa es la esperanza que vendió López Obrador, y en la que sus adeptos siguen creyendo a pesar de vivir realidades como la que sufren los habitantes de Texcaltitlán. Las campañas deben tener un mensaje, y el mensaje una causa suficiente no sólo para contagiar el rencor, sino la esperanza. La misma esperanza que ha sacado a millones de personas a las calles, en diferentes episodios de nuestra historia: la esperanza que inflamó a quienes lucharon por nuestra Independencia, y se rebelaron ante las dictaduras; la misma esperanza que marchó en Tlatelolco, y supo hacerse escuchar desde algún lugar de la Selva Lacandona. La esperanza que sacó a la clase media a las calles hace unos meses y que, en este momento, se ha desvanecido.

La gobernabilidad es el nombre del juego, y quien gane el 2024 tendrá que pensar en un país distinto. Un país sin el caudillo que ha cambiado su historia, un país que —sin embargo— tendrá que vivir con su legado y continuar adelante tras sanar sus propias heridas. Un país distinto, mejor, que requerirá de liderazgos capaces de pensar a futuro y que muy probablemente no serán los que ahora apoyamos porque son lo que hay. Un país que, hasta ahora, no se vislumbra.

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