Un país en el que quepamos todos

El país enfrenta momentos cruciales: es necesario, como nunca, mantener altitud de miras. El Presidente ha subido la apuesta de nuevo, esta vez con la ocupación militar de instalaciones privadas llevada a cabo el viernes pasado: una acción provocadora, e inusitada, cuyas ...

El país enfrenta momentos cruciales: es necesario, como nunca, mantener altitud de miras. El Presidente ha subido la apuesta de nuevo, esta vez con la ocupación militar de instalaciones privadas llevada a cabo el viernes pasado: una acción provocadora, e inusitada, cuyas previsibles consecuencias estaban perfectamente calculadas por el titular del Ejecutivo.

La indignación, los reclamos, los epítetos en redes sociales. El silencio cómplice de quienes evitan despertar la ira del mandatario; la fortaleza temporal de la moneda, que seduce por el diferencial en las tasas de interés y no por su viabilidad a largo plazo. Las columnas en la prensa; la controversia constante, el foco de atención internacional. Las protestas airadas de quienes advierten, con preocupación, que el gobierno está yendo demasiado lejos; la defensa a ultranza de quienes festejan, sin pensarlo dos veces, cualquier cosa que logre enfurecer a “los conservadores”.

La reacción de los opositores, el consecuente llamado a un frente común contra el autócrata; el discurso de los ricos contra los pobres; la victimización constante, las amenazas de quien comenzó su mandato cancelando un aeropuerto, y no ha dudado en seguir asestando manotazos a la mesa con el hígado. La polarización llevada al límite, con un objetivo muy específico. El Presidente busca conservar el poder a toda costa al terminar su mandato, y ha diseñado un plan para conseguirlo: su popularidad personal es intransferible, pero el resentimiento que lo llevó a la Presidencia puede seguir rindiéndole frutos de manera indefinida. En eso consiste la estrategia del último año de su periodo: en eso consiste, también, el llamado plan C, del que las expropiaciones no son más que el inicio.

Los próximos meses serán complicados: el Presidente subió la apuesta, y sus adversarios se aprestan a jugarse el resto. El mandatario apuesta a la desmesura, y la oposición está cayendo en la trampa de la narrativa oficial, al aceptar el planteamiento de la campaña presidencial en puerta como un refrendo al régimen, o el regreso al pasado: un pasado que ya fue rechazado por el 53% de los mexicanos, hace cinco años. El juego del Presidente implica aceptar el falso dilema entre las dos opciones que a él le conviene plantearnos como únicas posibles: México se merece algo, sin duda, algo mejor.

La República enfrenta tiempos cruciales, y es necesario mantener altitud de miras: es momento de hacer una pausa, sin apasionamientos, y ver la situación con claridad. El país que hoy tenemos no es el que quisiéramos tener; la nación en que nos convertiríamos, de seguir con el juego del Presidente, no es la que querríamos dejar a nuestros hijos. La batalla está mal planteada, desde el principio: de seguir así, la derrota de todos está garantizada.

Los gobiernos de coalición son un buen inicio, pero, sin un “para qué” legítimo, la propuesta no deja de ser un “cómo” sin sustancia que no emociona a las masas, un vehículo construido con el temporal —y evidente— propósito de ganar una elección. La oposición —en estos términos— se convierte en el ente amorfo que conviene al mandatario, cuyos integrantes no comparten mucho más que su aversión al Presidente en funciones: así, aun con el acuerdo de coalición, sin un proyecto de nación a futuro no lograrán entusiasmarse ni entre ellos mismos.

Los abstencionistas no son suficientes para ganar una elección: el costo de despertarlos, sin un proyecto de país a futuro, podría resultar demasiado elevado. La elección podría ganarse —o perderse— con una estrategia incendiaria: el riesgo de un país totalmente fracturado al día siguiente de los comicios, tras una campaña negra, resultaría inasumible —e ingobernable— para cualquier político responsable. El tiempo se agota, y la temperatura aumenta: es momento de pensar a futuro y en cómo volver a encontrarnos. Es el momento de soñar con un país en el que quepamos todos.

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