Un legado bañado en sangre
A mis hijas. Los momentos de crisis revelan la substancia de que estamos hechos. En un principio, la tragedia de Lagos de Moreno parecía ser tan sólo una más de las muchas historias que nos hemos acostumbrado a escuchar: el anuncio de la desaparición, en redes ...
A mis hijas.
Los momentos de crisis revelan la substancia de que estamos hechos. En un principio, la tragedia de Lagos de Moreno parecía ser tan sólo una más de las muchas historias que nos hemos acostumbrado a escuchar: el anuncio de la desaparición, en redes sociales; la búsqueda infructuosa por familiares y amigos, la falta de resultados. El interés que decae; la ausencia de las autoridades, el foco de la opinión pública dirigido hacia donde se le indica cada mañana.
Nadie esperaba lo que pasaría después, sin embargo. Los videos que se difundieron llenaron de espanto al país, y revelarían no sólo la sevicia de los criminales, y la ausencia de las autoridades, sino —sobre todo— el fracaso total de la estrategia de seguridad de la administración en turno, que ofreció abrazos a los delincuentes y terminó por desembocar en la catástrofe humanitaria que hoy estamos viviendo. En el caso de Lagos de Moreno existe un video que registra los asesinatos, pero de no ser así los cinco jóvenes hubieran pasado, sin más, al olvido; a engrosar la inmensa lista de los desaparecidos en este sexenio. Una lista que, desde el 1 de diciembre de 2018 y hasta el día de hoy, rebasa las 42 mil personas desaparecidas.
42 mil desaparecidos en el sexenio de López Obrador: 42 mil historias similares a la de Lagos de Moreno, 42 mil familias destrozadas en la incertidumbre. 24 personas desaparecidas al día —¡una cada hora!— en total impunidad. Todo durante este gobierno, mientras el Presidente hablaba —y hablaba, y hablaba— cada día de cualquier otra cosa, excepto de los 500 mil muertos por la mala administración de la pandemia, o los más de 150 mil muertos por causas violentas en su administración. 87 muertos al día —¡tres por hora!— sin que las autoridades hagan algo al respecto. Esas son las masacres de las que se ríe el Presidente; esos son los desaparecidos a cuyas madres les mintió al principio de su mandato, y ante cuyas tragedias ahora finge sordera e intenta hacer chistes, como si el mero poder también confiriera gracia.
El titular del Ejecutivo se empeñó en llegar a los libros de historia, y sin duda lo ha logrado. Su mandato no sólo es el más sangriento del que se tenga memoria, sino que será recordado por la frialdad y chabacanería con que enfrentó los problemas más apremiantes de su tiempo. La respuesta del Presidente ante una tragedia que, gracias a sus políticas de seguridad, podría ocurrirle a cualquiera —a nuestros hijos y sus amigos— no sólo marcará su sexenio sino que representa un cubetazo de agua fría para sus más fieles seguidores: el gesto de quien finge sordera habrá de convertirse, sin duda alguna, en el símbolo de su gobierno.
Un cubetazo de agua fría. El Presidente prometió, pero no supo cumplir; el presidente es popular, pero la gente que lo admira ya no se atreve a salir de sus casas. El Presidente no entiende lo que es la empatía: la gente está cansada de vivir con miedo, y la oferta de seis años más de lo mismo; seis años más de burlas y pretextos, seis años más de echarle la culpa de todo a Felipe Calderón, no tiene sentido alguno. Menos aún cuando la promesa incluye otros seis años con otra mano, manejada por la suya propia, que en su momento fingirá sordera ante una realidad incontestable: la realidad del legado, bañado en sangre, de un hombre ruin y miserable que no supo sembrar más que odio.
Las estrategias no han funcionado: más allá de simpatías, por el futuro de nuestros hijos —y la viabilidad de la nación— es necesario cambiar el rumbo. El gobierno es un fracaso, pero mantiene su popularidad exacerbando el rencor hacia unos cuantos: la polarización no es circunstancial, sino una herramienta deliberada de control político. Los enemigos no son los chairos ni son los fifís: los enemigos son los criminales que asesinan a nuestros jóvenes, y las autoridades que los solapan todos los días. Todos los días, todas las mañanas: fingiendo sordera, entre chistes y canciones.
