Un atisbo a la complejidad
El tablero está sobre la mesa, y los bandos comienzan a ocupar sus posiciones. La partida es distinta, sin embargo: los reyes están ausentes, pero las reinas no los necesitan; los alfiles y caballos parecen tener el mismo color, pero las tonalidades entre ellos no ...
El tablero está sobre la mesa, y los bandos comienzan a ocupar sus posiciones. La partida es distinta, sin embargo: los reyes están ausentes, pero las reinas no los necesitan; los alfiles y caballos parecen tener el mismo color, pero las tonalidades entre ellos no permiten acuerdos. Las torres no son confiables, y los peones no están dispuestos al sacrificio.
Los ajedrecistas preparan sus estrategias, pero el juego político cambió sin que se dieran cuenta. El Presidente organiza su propia fiesta, y la unción anticipada de la candidata del Frente Amplio por México responde a los tiempos marcados por el mandatario: el proceso que culminó ayer, si bien terminó con una muestra de músculo por parte de los partidos, arroja más dudas que certidumbres. El fiasco de la votación cancelada, y los rumores de traición al más alto nivel; la ausencia notoria de la “Marea Rosa”, y el entusiasmo reducido de una sociedad civil que hace unos meses abarrotó las calles. La ciudadanía es más que las redes sociales, y un “like” o un “retweet” no significa nada si no se traduce en las urnas. ¿Qué fue lo que pasó ayer?
El Presidente cambió las reglas, pero él mismo no las entendió nunca. El proceso de sucesión en el partido oficial no sólo ha sido aburrido, sino deshonesto: lo que prometía ser un paseo para la candidata del mandatario resultó ser una pesadilla que hoy los tiene al borde de la ruptura. El “bastón de mando” se entregará en unos días, sin que nadie sepa bien a bien lo que tal ceremonia significa: el titular del Ejecutivo no puede renunciar a sus funciones oficiales, pero de alguna manera pretende transferir una autoridad moral que construyó a partir del rencor y el resentimiento. El Presidente nos enseñó a odiar, y se comprometió con una candidatura yerma y zafia que abrió la puerta a la división en su propio movimiento: el mandatario no sabe reconocer sus errores, y la hubris que nubla su razón lo metió en un callejón sin salida.
Un callejón que no entiende. El ajedrez tiene dos jugadores, pero en el juego político en curso participan más actores. Movimiento Ciudadano mueve sus fichas a su propio ritmo, y administra su narrativa: el cálculo político, el uso de los tiempos, la estridencia suficiente para generar —tan sólo— los réditos necesarios para seguir siendo bisagra. La manipulación de los jóvenes, los conflictos internos, el desgaste de los adversarios: el ominoso recuerdo de la diferencia del 2006, y la necesidad de pactar con los partidos pequeños. ¿Cuánto podría pesar un tercer candidato, en junio del 2024? Y, ¿para quién jugaría?
O un cuarto. O un quinto. El periodo de registro para candidatos independientes termina en esta semana, y podría representar aún más sorpresas: la irrupción de quien se perfila como la opción ciudadana de la derecha más conservadora podría sacudir un tablero de suyo inestable y arrebatar votos a todos los partidos, pero especialmente a la candidata del Frente Amplio que ha expresado una visión más progresista. La Cartilla Moral fue una ocurrencia de este gobierno, pero sentó un precedente para quienes buscan mezclar política y moralidad: la religión es el elemento que aglutina a pobres y ricos, y el púlpito dominical es —sin duda— más poderoso que el atril del Palacio Virreinal.
El país necesita una esperanza, y el Presidente ofrece resentimiento; la gente quiere vivir mejor, pero los políticos tradicionales ofrecen regresar, cuando mucho, a como estábamos antes. Si llegan los conservadores, es porque les abrimos la puerta; si el crimen organizado campea a sus anchas, o las potencias extranjeras tienen injerencia en nuestros asuntos internos, es por los mismos motivos. El futuro cercano dista mucho de estar definido, y aún nos llevaremos algunas sorpresas: el juego ha cambiado, y es necesario —como nunca— hacer un atisbo a la complejidad. Los ajedrecistas, simplemente, ya no entienden de qué se trata.
