Todo seguirá cambiando

La campaña se había convertido en algo difícil de observar. Un espectáculo triste, y al mismo tiempo doloroso: como la agonía de un animal herido que algún día fue majestuoso; como la derrota de un boxeador que se defiende sin éxito en su propia ciudad natal. La ...

La campaña se había convertido en algo difícil de observar. Un espectáculo triste, y al mismo tiempo doloroso: como la agonía de un animal herido que algún día fue majestuoso; como la derrota de un boxeador que se defiende sin éxito en su propia ciudad natal.

La realidad fue insostenible, en tanto los contrastes se acentuaban. La debilidad de uno, frente a la fortaleza del otro; los balbuceos frente a las arengas, los tropezones en las escalinatas frente a la voluntad inquebrantable de quien se ha levantado —con aire triunfal— tras recibir un disparo. Las diferencias ostensibles entre los dos candidatos, que se magnificaron como estrategia central de la campaña de quien logró derrotar a su rival —quizá— demasiado pronto.

Joe Biden está demasiado viejo para ser candidato, repitió Trump hasta el cansancio mientras intercalaba su propia agenda ultraderechista. El sistema electoral norteamericano es un juego de suma cero por su naturaleza bipartidista, en el que las pérdidas de uno representan en automático las ganancias del otro; el candidato republicano golpeó una y otra vez donde debía y ganó popularidad en las encuestas, pero al hacerlo abrió su juego y dejó a la vista sus puntos más débiles. La presión fue insostenible, y Biden terminó por retirarse; las cartas de Trump ahora están abiertas, y los demócratas tienen —todavía— el tiempo suficiente para reinventarse.

Donald Trump podía ganarle a Joe Biden, pero lo hizo antes de tiempo: el presidente en funciones renunció a la candidatura —y no será parte de la elección—, pero los verdaderos designios del republicano, y sus ominosos aliados, han quedado completamente a la vista. El llamado Proyecto 2025 no es tan sólo una declaración de principios o una mera agenda de gobierno, sino el marco de referencia que se ha creado para transformar lo que hoy conocemos como gobierno norteamericano en un Estado autoritario y cerrado al mundo, en el que el mandatario actuaría con poder absoluto para implantar una visión conservadora.

Biden ya no estará en la boleta, pero la plataforma real de su contrincante ha quedado completamente expuesta; Trump caminó sobre su rival, pero se quedó sin argumentos en contra de cualquier actor con un perfil distinto. El candidato ha tratado de deslindarse del Proyecto 2025, pero ha designado a sus autores como los miembros más destacados de lo que sería su próximo gabinete. Los estadunidenses no quieren convertirse en un Estado autocrático: el contenido del Proyecto 2025, y la posible designación de sus autores en el próximo gobierno, deberían ser suficientes para que cualquier candidato demócrata pudiera estructurar una campaña exitosa, toda vez sacudida la bruma causada por la salud de Biden. El triunfo demócrata es posible, aunque quizá todavía no muy probable.

No podemos confiarnos, sin embargo: las amenazas constantes de Trump hacia nuestro país nos asoman a un panorama cada vez más sombrío. México se ha convertido en el enemigo designado por el candidato republicano, y en nuestra contra enfocará sus baterías para seguir encendiendo a sus seguidores. Los ataques se recrudecerán, los ánimos se caldearán durante el resto de la campaña, y el humor social contra los migrantes —y contra nuestro país, en general, tratará de modificarse para que la anunciada deportación masiva tenga una aceptación que primero se refleje en las urnas y después permita su implementación.

Se asoman tiempos complicados, que requerirán de la unión de todos. La relación México-Estados Unidos está a punto de cambiar, gane quien gane, en unos cuantos meses: la relación bilateral ya cambió, en los hechos, sin que hayamos podido darnos cuenta. Y todo, todo, seguirá cambiando.

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