Te lo digo, Xiang, para que lo entiendas, Pedro…
Happy bday, Ruquis La soberbia de los gobernantes tiene consecuencias que no sólo lastiman a sus pueblos durante décadas, sino que dejan además cicatrices indelebles. El poder absoluto corrompe incluso a los más justos: el poder absoluto, en las manos de un autócrata ...
Happy bday, Ruquis
La soberbia de los gobernantes tiene consecuencias que no sólo lastiman a sus pueblos durante décadas, sino que dejan —además— cicatrices indelebles. El poder absoluto corrompe incluso a los más justos: el poder absoluto, en las manos de un autócrata capaz de manipular a las masas a su voluntad, equivale a emprender el camino inexorable hacia las grandes catástrofes que terminan por marcar a las naciones.
La historia ofrece ejemplos que, sin duda alguna, llaman a la reflexión. En el año de 1958, Mao Tse-Tung se enfrentaba a un problema muy concreto: tras haber ganado el poder en 1949, y comenzado un programa extensivo para la transformación del país, la implementación de sus políticas en general, y las agrarias en específico, no había rendido los frutos esperados. La cosecha, en ese año, no sería suficiente para satisfacer las necesidades de la población.
Mao no sólo era un hombre carismático, capaz de mover a las masas a su antojo: Mao Tse-Tung era, además, un autócrata incapaz de reconocer sus propios errores. Su prioridad era la transformación que había emprendido, la cual era todo un éxito de acuerdo a lo que difundía la propaganda oficial: corregir el rumbo adoptado —o cambiarle una sola coma al plan inicial— significaría reconocer una equivocación que el presidente no estaba dispuesto a admitir. “A nosotros nos incumbe organizar al pueblo”, había afirmado desde mucho antes de llegar al poder. “En cuanto a los reaccionarios chinos, nos incumbe a nosotros organizar al pueblo para derribarlos. Con todo lo reaccionario ocurre igual: si no lo golpeas, no cae. Esto es como barrer el suelo: por regla general, donde no llega la escoba, el polvo no desaparece solo”. El presidente sabía que necesitaba inventarse nuevos enemigos para justificar su narrativa: fue entonces cuando, en su megalomanía, decidió dar un Gran Salto Adelante.
El Gran Salto Adelante se trataba de una serie de medidas políticas, económicas y sociales que pretendían modernizar la industria agrícola china a través de la industrialización y la colectivización de la economía, represión con dureza a los “enemigos del Estado” y el inicio de una campaña para terminar con las que Mao había señalado como las plagas que asolaban al país: así, a partir de 1959 la erradicación de ratas, moscas, mosquitos y —en especial— gorriones se convertiría en la prioridad del gobierno y de la población en general. Mao era un hombre carismático y capaz de mover a las masas a su antojo, por la razón o por la fuerza: quien se atrevió a cuestionar la medida fue silenciado, y en poco tiempo el país entero fue movilizado por una nueva causa. Lo que en principio no era más que una ocurrencia del líder se convirtió en una causa nacional en la que se involucró a toda la población mayor a los 5 años, hasta lograr, prácticamente, la extinción de las aves en su territorio: el Estado Comunista, bajo el mando del caudillo, por fin había logrado controlar la naturaleza.
Las consecuencias no tardarían en advertirse, sin embargo: las decisiones del presidente alteraron el ecosistema —a pesar de la popularidad de que gozaba, y el aparato de propaganda desplegado por su gobierno— sin otro resultado que la Gran Hambruna de 1959, misma que, de acuerdo con algunos cálculos, podría haber costado la vida de alrededor de 45 millones de personas. En 1960 se tomó la decisión de cambiar a los gorriones por las temibles chinches de cama: el daño, lamentablemente, ya estaba hecho.
Te lo digo, Xiang, para que lo entiendas, Pedro: las decisiones de los gobernantes tienen consecuencias que no sólo lastiman a sus pueblos durante décadas, sino que dejan —además— cicatrices indelebles. El poder es temporal por naturaleza, y el equilibrio institucional —como el del medio ambiente— es una delicada pieza de relojería que conviene más engrasar, y esmerarse en repararla, que tratar de reconstruir desde cero. Sobre todo —sobre todo— si el punto de partida son las ocurrencias de un autócrata senil que siempre le tuvo miedo a los gorriones.
