Tanto va el cántaro al agua…
Feliz cumpleaños, Ratolí. …que termina por romperse. Las declaraciones cada vez más crudas y frecuentes del presidente norteamericano y sus asesores más cercanos sobre la falta de capacidad del gobierno mexicano para enfrentar a los cárteles del crimen organizado, ...
Feliz cumpleaños, Ratolí.
…que termina por romperse. Las declaraciones cada vez más crudas y frecuentes del presidente norteamericano y sus asesores más cercanos sobre la falta de capacidad del gobierno mexicano para enfrentar a los cárteles del crimen organizado, así como la posibilidad de una intervención militar en nuestro territorio, deberían ser tomadas con la mayor seriedad posible.
“Hemos usado la fuerza letal del ejército para perseguir a Al-Qaeda y a ISIS”, recordó hace unos días el jefe adjunto de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller, a pregunta expresa de los medios de comunicación de su país. “Los cárteles en este hemisferio controlan territorios, tienen sus propios ejércitos y manejan los resultados políticos asesinando a figuras políticas a voluntad para controlar gobiernos enteros”, continuó en clara referencia al reciente asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo. “Toda la franja de nuestra frontera sur, en el lado mexicano, está bajo el control de estas organizaciones narco-terroristas. Todo lo que ocurre allí lo deciden y controlan ellos. No existe una cuestión más esencial de seguridad nacional que el desmantelamiento de estas organizaciones”, aseguró con firmeza.
“¿Que si estaría dispuesto a ordenar ataques en México para detener el flujo de drogas? No tendría ningún problema”, había declarado el presidente Trump el lunes posterior a la protesta cuya brutalidad policial exhibió las formas del gobierno mexicano ante al mundo entero. “Miren, estuve viendo lo que pasó durante el fin de semana en la Ciudad de México. Tienen muchos problemas por allá”, aseguró, para después negarse a responder si dicha ofensiva se realizaría con el consentimiento del gobierno mexicano. “Ellos ya saben lo que pienso”, afirmó.
En México, por nuestra parte, las cosas parecen complicarse. La presidenta Sheinbaum, quien hasta hace unas semanas podía presumir una aprobación cercana al 80%, enfrenta su primer gran crisis de gobierno cuando aún no ha sido capaz de superar los problemas al interior del partido que la llevó al poder. La falta de gobernabilidad es evidente, a pesar del triunfalismo en las mañaneras: las protestas de los últimos días, en territorios tradicionalmente afines a su movimiento, no hacen sino despedir el desagradable tufo de la traición interna.
Las protestas de los transportistas, que el día de hoy paralizarán las carreteras del país en protesta por la violencia generalizada, las extorsiones y los abusos de las autoridades, se suman a las de los agricultores cuyos campos han sido sembrados con minas antipersonales, a las convocadas en fechas recientes por la llamada Generación Z o a las de los familiares de los desaparecidos que, como única respuesta, reciben las cifras alegres de una administración que se tambalea a pesar de su indudable popularidad. La gente recibe con gusto los apoyos sociales, pero en realidad no está contenta.
“No estoy contento con México”, fue la conclusión del presidente norteamericano en referencia a la situación de ingobernabilidad en nuestro país, la semana pasada. “Tomaremos medidas adicionales”, anunciaría Karoline Levitt al respecto días más tarde, sin revelar más detalles. “Es una promesa del presidente al pueblo americano”, explicó la portavoz de una Casa Blanca que vive sus propias crisis: los estadunidenses tampoco están contentos con Donald Trump, como lo demuestran las últimas encuestas que lo colocan en el punto de aprobación más bajo de cualquier presidente norteamericano de la historia norteamericana moderna.
Tanto va el cántaro al agua que termina por romperse. El mandatario estadunidense necesita, sin lugar a dudas, un poco de oxígeno de forma urgente. Las amenazas, hasta el momento, no han pasado de ser un mero recurso retórico: la desesperación de un animal acorralado y herido, sin embargo, podría significar en poco tiempo una relación bilateral completamente distinta.
