Sólo falta un traidor…
Feliz cumpleaños, Henry Starr. En poco se parece el país que recibirá Claudia Sheinbaum, en unas semanas, a la nación cuya Presidencia ganó en las urnas el 2 de junio. En menos aún, cabe decirlo, al que recibió el presidente López ...
Feliz cumpleaños, Henry Starr.
En poco se parece el país que recibirá Claudia Sheinbaum, en unas semanas, a la nación cuya Presidencia ganó en las urnas el 2 de junio. En menos aún, cabe decirlo, al que recibió el presidente López Obrador de manos de Enrique Peña Nieto en el, ahora lejano, 2018.
“Recibo un país estable, y sin crisis económica”, afirmaba el entonces Presidente electo, a principios de aquel septiembre. “Tras seis años de gobierno de Enrique Peña Nieto, en el país hay estabilidad y no hay crisis financiera (…) Sí, tenemos problemas graves, hay mucha pobreza, mucha inseguridad, violencia, pero hay condiciones también; hay ánimo, esperanza en la gente de que las cosas van a mejorar. Vamos a estar a la altura de las circunstancias…”.
En poco se parece —hay que decirlo también— el humor social de junio pasado al que se vive en los tiempos actuales: el país está más crispado que nunca, y poco tardó la esperanza para convertirse en resentimiento. Menos aún al humor social que se vivirá en unas semanas, cuando la Presidenta constitucional asuma su cargo en medio de un maremágnum que, en realidad, no le correspondía: la reforma judicial, que sin duda es necesaria, debería haberse negociado en términos tales que no se convirtiera en un lastre para quien está a punto de iniciar su mandato. La confianza internacional se ha perdido; la moneda se ha devaluado, la polarización deliberada erosiona el margen de maniobra a futuro. La Presidenta electa sonríe nerviosa, mientras contempla cómo se agota, día a día, lo que debería haber sido su propio bono democrático.
El poder no se hereda, sino que se conquista en las urnas: el mandato conferido a la presidenta Sheinbaum por el electorado consiste en hacer valer la Constitución que permitió su llegada al poder, y no en convertirse en un mero instrumento de los planes de quien le ha precedido. El resultado de una elección no legitima las promesas de campaña, y menos si suponen un riesgo estructural para el gobierno que inicia: lo sabe tan bien el Presidente en funciones que, a pesar de haber prometido hasta el hartazgo —cuando candidato— la cancelación del aeropuerto, o el encarcelamiento de los expresidentes, tuvo que inventarse una consulta popular a modo que así lo justificara. En esta ocasión tendría que haber sido al menos así, para cada una de las reformas propuestas en febrero que, de ser aprobadas, comprometerán seriamente la viabilidad del próximo gobierno: la desmesura —y el temor— de López Obrador, en cambio, ha exigido que la gobernabilidad de la próxima administración sea destazada en su propio beneficio, y los restos colocados, a sus pies, a manera de ofrenda de despedida.
Claudia Sheinbaum logró más votos que ningún otro Presidente en la historia, y con ellos una responsabilidad —también histórica— que comenzó en el momento mismo de la declaración de su victoria. Su mandato será recordado no sólo por ser el primero que encabeza una mujer, sino por sus méritos propios y la capacidad que logre demostrar para construir un país mejor, en el que quepamos todos: un país en el que pueda caber ella misma, con sus ideas propias y como gobernante de una nación que logre ser próspera y moderna, a pesar de todo. A pesar de todos…
En poco se parece el país que recibirá Claudia Sheinbaum, en unas semanas, a la nación cuya Presidencia ganó en las urnas el 2 de junio: el enemigo, aparentemente, opera desde casa. La reforma judicial es necesaria —como hoy es claro— y tendrá lugar ahora o más tarde: de realizarse con calma, negociando con todos los actores, podría representar un logro fundacional para la administración en ciernes. Recuperar la confianza, establecer acuerdos; dialogar, salvar a México.
La reforma nociva de López Obrador se decide en estos días: la propuesta consensuada de Claudia Sheinbaum podría aprobarse en unos cuantos meses. Sólo falta un traidor, de cualquiera de los dos bandos: el equipo que está a punto de iniciar funciones aún está a tiempo de considerar si ahora le conviene ganar perdiendo, o tal vez —sólo tal vez— perder ganando.
