Sin peras ni manzanas...
En algunas ocasiones, los problemas tienen que ser explicados con peras y manzanas para que puedan ser entendidos. De acuerdo a las circunstancias, un vistazo general podría ser suficiente para comprender lo que está sucediendo: en otras la mayoría será preciso abundar ...
En algunas ocasiones, los problemas tienen que ser explicados —con peras y manzanas— para que puedan ser entendidos. De acuerdo a las circunstancias, un vistazo general podría ser suficiente para comprender lo que está sucediendo: en otras —la mayoría— será preciso abundar en los detalles hasta llegar al meollo del asunto.
Un meollo que, en este momento, no es nada sencillo, pero podría ser muy doloroso. Nuestro país, como el resto del mundo, está a punto de caer en una crisis alimentaria de dimensiones insospechadas, cuyos efectos —además de tener un impacto brutal en nuestra vida cotidiana— terminarán por marcar a las generaciones venideras por nuestra propia displicencia. Explicado con peras y manzanas, las decisiones que tomamos en estos momentos —y el margen de maniobra que le hemos brindado al gobierno en funciones— terminarán por trascender este sexenio y se convertirán en una carga para nuestros hijos.
Una carga demasiado gravosa. El mundo cabalga hacia el abismo, pero nuestro gobierno emprende el galope en dicha dirección con todo el entusiasmo. El proceso de la invasión rusa a Ucrania —que en el pasado se hubiera tomado tan sólo unas semanas, sin la intervención de las redes sociales— se ha demorado más de lo previsto inicialmente, y ha terminado por involucrar al mundo entero: si alguien se preguntaba por la posibilidad de una tercera guerra mundial, tan sólo debería de cambiar de paradigmas y voltear a ver el presente.
El conflicto global está en marcha y, si la dominación mundial antes se jugaba en un campo de batalla temporal y aquiescente, hoy se desarrolla en condiciones que no sólo son completamente distintas —y asimétricas— a las que conocíamos, sino que ponen en riesgo a las sociedades por las que luchamos, tal y como las hemos comprendido hasta el momento.
Con peras y manzanas —y haciendo énfasis en la situación mundial— el hambre llegará a nuestro país en unas cuantas semanas. No se trata de creerlo o no, como tampoco se trata de una cuestión partidista o de políticas internas. La realidad es ineludible y, ante la preponderancia de las cosechas ucranianas para proveer de alimentos —y la rusa para producir fertilizantes— la escasez en el resto del mundo, y nuestro país, no es sino cuestión de tiempo.
Ucrania es el granero del mundo, y sus puertos ocupados el principio de todas las cadenas de distribución alimentaria, incluyendo a la nuestra: Rusia es el principal productor de fertilizantes, y, con un mundo bloqueado por la guerra, la interdependencia de los países —aunque no se encuentren en un conflicto directo— será cada vez más patente.
Nuestro país produce menos de lo que consume, pero mucho más de lo que podría hacer por sí mismo: el sector agroindustrial está devastado, y la administración en funciones se encuentra más complacida con las remesas de quienes trabajan en el extranjero que con la producción nacional de bienes y servicios. Nuestro país no cuenta con la infraestructura necesaria para seguir adelante con la producción, y los almacenes —cuyos inventarios trataron de desaparecerse al principio de la pandemia— hoy continúan vacíos por el conflicto sin oportunidad de rellenarse con las nuevas cosechas que, sin fertilizantes a la mano, jamás habrán de ocurrir. El hambre se aproxima.
En otros países no es así, pero la producción no puede distribuirse como antes: la carestía es global, pero las condiciones para salir de ella son distintas en cada nación. En México, las decisiones coyunturales parecen condenarnos a una hambruna irremisible: los productores nacionales tendrían problemas suficientes en las circunstancias que estamos viviendo, pero la ruleta rusa de la falta de Estado de derecho sólo agrega nuevos obstáculos a una situación que no terminamos de entender como insostenible. El mundo está cambiando, y nuestro gobierno no lo entiende: de seguir así, en muy poco tiempo sólo podremos explicar lo que nos pasa sin peras ni manzanas —ni siquiera— para comer. Es un honor...
