Roma sigue ardiendo, aunque Nerón toque el arpa

El tiempo se acaba, y el Presidente se pierde en su propia desmesura. Los problemas se agolpan en todos los frentes, y la realidad no entiende de “otros datos” aunque provengan de quien se asume por encima de la ley y presume ser el segundo presidente más popular ...

El tiempo se acaba, y el Presidente se pierde en su propia desmesura. Los problemas se agolpan en todos los frentes, y la realidad no entiende de “otros datos” aunque provengan de quien se asume por encima de la ley y presume ser el segundo presidente más popular del mundo. Roma arde en llamas, aunque Nerón toque el arpa todas las mañanas.

“Por encima de la ley está la autoridad moral y la autoridad política”, declaró hace unos días, confundiendo los límites de la investidura temporal que ejerce: el Presidente vive la hubris de los autócratas y, en su delirio, considera que nadie puede estar encima de su voluntad suprema. Por eso no quiere “que le salgan con que la ley es la ley”; por eso no admite que le modifiquen “ni una coma” a las ocurrencias cuyos efectos a largo plazo apenas comenzamos a atisbar. Por eso la destrucción de las instituciones, a las que mandó “al diablo” desde hace años; por eso la polarización deliberada, y el énfasis en las encuestas de popularidad que lo legitiman entre sus adeptos.

El futuro de nuestro país se escribe en estos momentos: el Presidente —a quien tanto preocupa su legado— pasará a la historia no sólo como el más autoritario, sino como el único que ha salido a defenderse, en el ejercicio de sus funciones, por sus presuntos vínculos con el crimen organizado. El mandatario de las remesas sospechosas: el que utilizó la migración como un arma política para presionar a nuestros vecinos. El que enturbió nuestra relación bilateral, y le abrió las puertas a lo peor del planeta; el que prefirió no pronunciarse cuando sus nuevos amigos decidieron invadir Ucrania.

El más popular, sin duda alguna, pero también el que carga más muertos en su espalda: el que designó a un cretino para atender la pandemia; el Presidente cuya fuerza era moral, que no de contagio. El que prodigó abrazos a la delincuencia, mientras se vivía la etapa más violenta de la historia contemporánea: el pacifista que olvidó sus promesas, y entregó el país a las Fuerzas Armadas. El que traicionó a las madres buscadoras, y que abandonó Acapulco a su suerte; el que jamás se preocupó por el medio ambiente; el que tuvo por ocurrencia las obras inútiles —y plagadas de corrupción— que destruyeron el manglar y perforaron los cenotes. El que envileció a la Suprema Corte, y a cuyo titular convirtió en un esbirro indecoroso: el que atacó a la prensa libre como jefe del Estado mexicano, cometiendo un delito del que incluso anticipó su reincidencia.

Roma arde en llamas, aunque Nerón siga tocando el arpa. Las sospechas se recrudecen; las investigaciones se profundizan, los ilícitos habrán, finalmente, de perseguirse. El Presidente se refugió en Sinaloa al día siguiente, desde donde trató de enmarcar los problemas que se le avecinan —y los que ya vislumbró para su familia, dados los cuestionamientos del New York Times— como si se tratara de un asunto de Estado, y no la mera consecuencia de su propia desmesura.

El Presidente no es el pueblo en sí mismo, sino una persona con un encargo específico: la ley es la ley para todos, pero en especial para quien asumió el mandato de guardarla. El Presidente es un ciudadano como cualquier otro, que tiene a su cargo una función determinada y —por naturaleza— temporal: su desempeño puede ser juzgado, como el de cualquier otro, sin que los cuestionamientos a su honradez comprometan nuestra soberanía. Muy al contrario: la rendición puntual de cuentas es un elemento necesario, e indispensable, en cualquier democracia moderna.

El tiempo se acaba, y el Presidente se pierde en su propia desmesura. El mandatario se ha extraviado en el laberinto que él mismo construyó, y cuyas salidas aparentes sólo anticipan una catástrofe que se anticipaba desde un principio. La realidad no es una asistente asidua a las conferencias mañaneras: la realidad, lamentablemente, no tomará en cuenta los otros datos. Aunque Nerón toque el arpa.

Temas:

    X