Respetar la mano, repetir la ficha…

…y recordar, todos los días, los errores del Presidente. El juego de la sucesión presidencial sigue las reglas no escritas del dominó, y las tradicionales tres erresaprendidas en las cantinas deberían ser una guía no sólo para quienes integran los cuartos de ...

…y recordar, todos los días, los errores del Presidente. El juego de la sucesión presidencial sigue las reglas no escritas del dominó, y las tradicionales tres erres aprendidas en las cantinas deberían ser una guía no sólo para quienes integran los cuartos de campaña, sino también para la ciudadanía comprometida con la democracia y un mejor futuro.

Las tres erres del dominó: primero que nada, respetar la mano. Quien resulte candidata no sólo tendrá que lograr la unidad, sino que deberá contar con el apoyo incondicional de quienes quedaron en el camino y de sus seguidores. En este sentido, y a pesar de los tirones iniciales, la oposición parece estar logrando los acuerdos necesarios para evitar fracturas y presentarse con solidez a la contienda: el gran reto —sin duda alguna— será mantener la disciplina y visión de largo plazo para lograr un gobierno plural en el que puedan participar todos. La división entre la oposición sólo favorece los intereses del Presidente.

Segunda erre: se respeta la mano, y se repite la ficha. Una, y otra, y otra vez. Tantas veces como sea necesario; tantas veces como sea posible. El mandatario está acostumbrado a manejar la agenda mediática a su antojo, manipulando a la opinión pública desde el púlpito de sus conferencias matutinas: el titular del Ejecutivo, sin embargo, no es capaz de manejar los problemas reales de su gobierno con la misma destreza. Los temas abundan: salud, cuestiones de género, inseguridad, corrupción. El Presidente no tiene todas las respuestas, pero la candidata habrá de tener todas las preguntas: repetir la ficha, en este caso, significa insistir en los cuestionamientos de quien lleva la mano y difundir sus propuestas por todos los medios. A pesar de los distractores, a pesar de las cortinas de humo que seguramente surgirán: la realidad de lo que hemos vivido en los últimos años es tan abrumadora que resulta simplemente incuestionable. Sólo es cuestión de recordarlo…

Respetar la mano, repetir la ficha, recordar —todos los días— los errores del Presidente y de su gobierno. La tercera erre es un poco distinta en su versión original, pero, en esencia, se trata de lo mismo: el mandatario no es capaz de reconocer sus errores, y trata de distraernos, todos los días, con el manido acto de prestidigitador que siempre termina sacando de una chistera a un conejo llamado Felipe Calderón. El Presidente se equivoca cuando sale de sus casillas, y no es capaz de reconocer que su sexenio es un fracaso absoluto, que tomará varias generaciones para revertir los daños que ha causado en todos los ámbitos: es preciso denunciar sus errores, y seguirlo haciendo, hasta que su poco temple termine por traicionarlo. La situación del país no deja lugar a los intereses personales: se necesitaría ser muy necio, o muy ambicioso, para tratar de sacar partido de las circunstancias que estamos viviendo.

Doblador de primera, jugador de tercera. El dominó tiene refranes —y reglas no escritas— de una sabiduría sorprendente. En los tiempos previos a la conformación del Frente Amplio por México, Movimiento Ciudadano era una opción que resultaba interesante. Un partido nuevo, que integraba a jóvenes con ideas nuevas: un partido que, en aquellos momentos, podía sustraerse al discurso de ambos bandos y plantear un discurso de síntesis que dejase atrás la polarización e incorporara nuevos simpatizantes. Un partido —incluso— con aspiraciones presidenciales viables, si hubiera volteado a ver a sus gobernadores…

Las circunstancias cambiaron, pero los dirigentes no fueron capaces de otear los nuevos vientos de la política y el clamor por unidad: la necedad, o la ambición, ha terminado por llevarle al borde de la fractura. México necesita estadistas, y los necesita ahora: México requiere de sus mejores hombres y mujeres, y no de un grupo de oportunistas vestidos de naranja, dispuestos a ver arder el país mientras ellos esperan su turno. Aunque sean jóvenes, aunque bailen; aunque tengan un apellido de heredero, aunque se pongan de nuevo los zapatos fosfo-fosfo.

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