Quién lo mandará al carajo...
El Presidente vive recordando el pasado para no tener que pensar en el futuro, ni mucho menos ocuparse del presente. El país se desploma y retrocede, sin que las expectativas despertadas durante la campaña, por una vida mejor para todos los mexicanos, tengan siquiera la ...
El Presidente vive recordando el pasado para no tener que pensar en el futuro, ni —mucho menos— ocuparse del presente. El país se desploma y retrocede, sin que las expectativas despertadas durante la campaña, por una vida mejor para todos los mexicanos, tengan siquiera la posibilidad de cumplirse. Así, en vez del México con el que soñábamos, ahora sólo tenemos resentimiento y odio.
Y muchos pretextos. El México anterior a este sexenio no era el que queríamos, es cierto, pero el que vivimos ahora es mucho peor de lo que jamás pudimos imaginar. El Presidente fue electo para cubrir su término constitucional, pero su proyecto de transformación nacional tiene alcances que rebasan su propio periodo y, para lograrlo, necesita demoler no sólo la estructura del sistema que pretende destruir, sino también los contrapesos y valores que lo han sustentado durante décadas.
¡Al diablo sus instituciones!, exclamó al desconocer la elección de 2006. Ya después vendría el plantón de Reforma, la autoproclamación como presidente legítimo, el intento constante de sabotaje al presidente en funciones. El arrebato de la candidatura en 2012, la consecuente derrota, el intento constante de sabotaje al presidente en funciones.
La campaña de 2018, el triunfo avalado por las instituciones democráticas, el intento constante de sabotaje al presidente en funciones aunque, en esta ocasión, se tratara de sí mismo.
Al Presidente no le interesa gobernar, sino reinar. El que gobierna tiene que ceñirse a las leyes, respetarlas y procurar su cumplimiento; para quien reina, las normas no son más que un estorbo a lo que considera su misión trascendental en el sentido más kantiano de la palabra. Quien ejerce la función de gobierno sabe que tiene que procurar el bien común, bajo un marco regulatorio, por un periodo determinado: el que reina, en cambio, tan sólo busca la aprobación de sus súbditos, así como la división de quienes representan un obstáculo a sus planes. “A los amigos, justicia y gracia; a los enemigos, la ley a secas”.
Los ejemplos abundan, y llenan las hemerotecas cada día desde hace tres años. Los ataques a los adversarios, la persecución a periodistas, los proyectos faraónicos, las tarjetas del bienestar. El desprecio a la clase media, a la educación superior, a la cultura del esfuerzo. La polarización deliberada de la sociedad, la tergiversación perversa de los valores que nos definen como nación.
Andrés Manuel no es un monarca, y su mandato —que no su reino— es necesariamente temporal: en el país que está construyendo, e incluso si su partido ganara la elección presidencial, el margen de acción de quien se convierta en su sucesor estaría terriblemente acotado. La popularidad no es transmisible, y la fórmula del Presidente sólo puede funcionar para una personalidad como la suya: en las circunstancias de ingobernabilidad que ya se viven —a más de dos años de la elección presidencial— y cuando las condiciones económicas terminen de sumir en la pobreza a quienes hoy se consideran como parte de la clase media, se descubrirá que las mañaneras no son un instrumento para cualquier persona, y el próximo mandatario tendrá —necesariamente— que marcar su propio rumbo y distancia con quien, a final de cuentas, no es más que un funcionario público. Aunque tenga los índices de popularidad de que disfruta, aunque crea —ahora— que su legado será eterno. Y las corcholatas lo saben.
“Pre-si-dente, pre-si-dente”, se escucha cada vez que cualquiera de ellos aparece en público. La tensión se incrementa y, en cuanto pasen las elecciones estatales de este año, comenzarán las traiciones, los golpes bajos, las patadas por debajo de la mesa. Morena no es un partido con bases ideológicas, sino un movimiento en torno a un personaje embriagado de poder que ha suscrito pactos hasta ahora inconfesables, pero evidentes. “Al carajo”, expresó hace días refiriéndose a quienes cuestionan sus decisiones: al mismo carajo lo habrán de mandar, en poco tiempo, aquellos en quienes hoy confía.
