Que se oiga bien, que se oiga lejos
“Nuestro país transita por un camino de justicia social, de dignidad y de garantía de derechos sociales, libertad, democracia y soberanía”, afirmó la presidenta Sheinbaum en la celebración de su primer año de gobierno. El Zócalo estaba a reventar, y sabía que ...
“Nuestro país transita por un camino de justicia social, de dignidad y de garantía de derechos sociales, libertad, democracia y soberanía”, afirmó la presidenta Sheinbaum en la celebración de su primer año de gobierno. El Zócalo estaba a reventar, y sabía que todos los reflectores estaban puestos sobre su persona.
“No es un logro menor ni pasajero” continuó mientras preparaba el terreno para la definición de lo que sin duda será el resto de su mandato. “Es el fruto de décadas de lucha pacífica, de organización, de resistencia. Y es también la herencia de un hombre honesto y profundamente comprometido con su pueblo, el presidente Andrés Manuel López Obrador”.
El pueblo bueno respondió con vítores a la mención del Caudillo. El aparato oficial ha convertido al exmandatario en un símbolo: un tótem capaz de resguardar incluso las políticas públicas opuestas a las de su administración, siempre y cuando se hagan en su nombre. “Se han empeñado en separarnos, en que rompamos”, aseguró la Presidenta en alusión a los adversarios habituales.
“Pero eso no va a ocurrir porque compartimos valores, honestidad, justicia y amor al pueblo de México”. “Porque compartimos proyecto, el humanismo mexicano”, continuó tras una breve pausa. “Y porque no llegamos al gobierno sólo para administrar, llegamos para seguir transformando la nación para el bienestar del pueblo. Andrés Manuel López Obrador fue, es y será siempre un ejemplo de honradez, de austeridad y de profundo amor al pueblo”. El clamor, otra vez, fue instantáneo.
“Que se oiga bien, que se oiga lejos”. Los invitados de confianza la escucharon bien, desde la primera fila; tras la valla, un poco más lejos, quienes dejaron de contar con ella tras haber desdeñado a la titular del Ejecutivo por tomarse una foto con el delfín del Macuspana. El poder en México reside en una sola persona, y no se comparte nunca: “No llegamos al gobierno sólo para administrar, llegamos para seguir transformando”, dejó claro desde un principio la mandataria.
“En este México nuevo la honestidad no es la excepción, es la regla”, resonaron las palabras de la presidenta en la Plaza de la Constitución; “y quien traiciona al pueblo, quien robe al pueblo enfrenta la justicia”, timbró en los oídos de quienes sufrieron un verano de pesadilla tras haberse ventilado sus excesos y corruptelas en medios y redes sociales. “El poder no es para enriquecerse, es para servir con humildad”, escucharon Adán Augusto y el tal Andy desde un segundo plano cuya distancia los hacía más notorios todavía; “se prohíbe dejar como herencia un puesto de elección, no al nepotismo’, fueron las palabras que parecían destinadas a ser escuchadas en Zacatecas y Guerrero.
El discurso continuó por los senderos habituales, tocando los lugares comunes que –a final de cuentas— se repiten cada día en las conferencias mañaneras sin la necesidad puntual de celebrar aniversario alguno. Soberanía, Poder Judicial, cifras triunfalistas que pretenden demostrar la reducción de la violencia sin tomar en cuenta el evidente y documentado incremento exponencial de las personas desaparecidas.
El mensaje político ya había sido enviado, sin embargo: desde sus formas, hasta su contenido, lo que la Presidenta comunicó —con un evento diseñado a la más vieja usanza corporativa priista— es un poder político mayor al que sus propios adversarios externos, y sobre todo internos, habían calculado que tendría después de un año de gobierno. Un poder que, sobre todo quienes han pasado, en unos meses, de sentarse en la primera fila a la ignominia de escucharla detrás de las vallas, ahora saben que está dispuesta a utilizar sin titubeos.
El día de ayer, sin duda alguna, comenzó por fin el sexenio de Claudia Sheinbaum. Y sin necesidad de rompimiento alguno.
