¿Qué es lo que estamos esperando?

Gefeliciteerd, P. Gracias por tanto. Para evaluar a un gobierno lo único que pueden contar son los resultados. En el caso de México, la realidad es inexorable: el Presidente, a pesar de haber contado con el tiempo suficiente durante sus ...

                Gefeliciteerd, P. Gracias por tanto.

Para evaluar a un gobierno lo único que pueden contar son los resultados. En el caso de México, la realidad es inexorable: el Presidente, a pesar de haber contado con el tiempo suficiente —durante sus tres campañas— para entender los problemas nacionales, y plantear soluciones incluyentes, ha desperdiciado la oportunidad por la que luchó toda la vida.

Las buenas intenciones del pasado —las alianzas, las estrategias, las promesas de campaña— han quedado superadas por los resultados. No sólo a nivel gobierno, donde la mala gestión es evidente, y las cifras escalofriantes, en cada uno de los rubros. La economía se desploma, y los precios de los productos básicos se disparan; el sistema de salud ha fallado en la proveeduría de medicamentos, y la pésima gestión de la pandemia marcará a esta administración para siempre. La situación de inseguridad es, sin más, una ignominia.

El discurso presidencial ha estado presente en todos los temas, todo el tiempo. A los inversionistas los ahuyentó con sus disparates y consultas; a la inflación, que afecta más a los más pobres, ha respondido subsidiando el pozo sin fondo del precio de las gasolinas. A los médicos los acusó de sólo buscar enriquecerse; a los padres de familia, desesperados por la salud de sus hijos con cáncer, de albergar objetivos políticos en su contra.

Declaró terminada la pandemia varias veces, cuando aún habrían de morir cientos de miles por su propia negligencia; garantizó impunidad a los delincuentes, prometiendo abrazos en vez de balazos: quizás lo único en que el mandatario sí ha cumplido. Desde su púlpito, ha expresado su desprecio por los grupos que en el pasado lo apoyaron, pero con los que —se supone— se identifica. Se burló de las masacres, se olvidó de los desaparecidos, acusó a las feministas de “conservadoras” y de querer afectar su imagen: el Tartufo, incluso, blindó el palacio en el que habita para poder ignorar mejor sus reclamos.

Hoy el país entero llora una tragedia que no debería haber ocurrido jamás, pero que —por desgracia— seguirá repitiéndose todos los días, en todo el territorio nacional. La situación de las mujeres ha empeorado durante esta administración, y la sociedad civil organizada en grupos feministas ha sido estigmatizada —de inmediato— cuando ha tratado de buscar soluciones a una situación insostenible. El discurso de odio e impunidad permea —así como se barren las escaleras— de arriba para abajo: ¿cuántas de las atrocidades que vivimos, de manera cotidiana, serán consecuencia directa del discurso presidencial?

Para evaluar a un gobierno lo único que pueden contar son los resultados: el país está dividido, pero cada vez son menos los que están dispuestos a seguir apoyando a un Presidente cuyo único legado será el daño que causó a la sociedad, las instituciones y el medio ambiente. Los resultados cuentan, y los arrojados por la consulta de revocación de mandato expusieron a un rey desnudo cuyo apoyo real —sin los acarreos grotescos ni las amenazas a los más vulnerables— es, sin duda, mucho menor a lo que todos —incluyéndole— esperábamos.

La oposición, sin embargo, no ha logrado capitalizar el desencanto. Los partidos políticos no han sido capaces de arropar a los decepcionados del régimen, mientras que la sociedad civil disconforme no ha sido capaz de organizarse, y parece estar más empeñada en la búsqueda de su propio Mesías —y resolver su interminable lucha de egos— que en entender las razones de los disconformes, acercarse con ellos, y encontrar los objetivos concurrentes; establecer un calendario en común, involucrar a todos los interesados y ponerse a trabajar en proyectos concretos: para evaluar a una oposición, también, lo único que pueden contar son los resultados.

El Presidente está débil, solitario en su palacio, y sin mayor herramienta que una conferencia mañanera sin mayor relevancia que la que nosotros mismos le concedamos. La ciudadanía ya no cree en él, su círculo más cercano es noticia, pero en los tribunales. ¿Qué es lo que estamos esperando?

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