Primera llamada, primera

El artero crimen en contra del candidato presidencial del Ecuador, Fernando Villavicencio, es un doloroso y urgente llamado de atención para la democracia mexicana. Sin más: doloroso, en tanto concita de inmediato los peores recuerdos de nuestras propias tragedias; ...

El artero crimen en contra del candidato presidencial del Ecuador, Fernando Villavicencio, es un doloroso —y urgente— llamado de atención para la democracia mexicana. Sin más: doloroso, en tanto concita de inmediato los peores recuerdos de nuestras propias tragedias; urgente, por las similitudes entre los procesos políticos a los que se enfrentan ambas naciones, con sólo unos meses de diferencia.

No parece necesaria una bola de cristal para vislumbrar el futuro cercano en las circunstancias actuales. Todo resulta demasiado familiar, todo parecería seguir un plan maestro. Tal vez así sea: los países que han caído bajo la dictadura del socialismo del siglo XXI repiten los mismos patrones, comparten los mismos estrategas, se brindan ayuda a espaldas de la comunidad internacional. Pactan con la delincuencia, silencian periodistas; infiltran, y contaminan, a la oposición en sus respectivos países.

En el caso de México, las alianzas han sido expresas y las estrategias compartidas son más que evidentes. Nuestro gobierno desmanteló el sistema de salud para justificar la llegada de los propagandistas cubanos disfrazados de doctores; brindó su apoyo a Pedro Castillo, y rescató a Evo Morales, sin temor a desatar una crisis innecesaria con dos naciones amigas. Comprometió a Segalmex en un fraude inconmensurable con Venezuela, y, en los hechos, ha permitido que los criminales campeen a sus anchas so pretexto de una estrategia de seguridad que no protege a la ciudadanía, sino que asegura la continuidad de los negocios ilegales de los delincuentes a los que se refiere con más respeto que a sus adversarios políticos.

Todo resulta demasiado familiar. La sociedad ecuatoriana sufre, desde hace años, de la polarización provocada —de manera perversa— por el expresidente Rafael Correa: quien en su momento lo sucedió, se vio obligado a virar el timón para poder plantear un gobierno viable. El exmandatario se sintió traicionado, y comenzó una lucha personal que generó el encono origen de la tragedia nacional que hoy se vive en su país. Lo sucedido en Ecuador es producto de la polarización —de la lucha de clases inducida por el propio gobierno— y sus repercusiones alcanzarán, sin duda, otras latitudes: en Argentina, sin ir más lejos, el candidato de la derecha se perfila con un resultado favorable, pocos días después de los hechos. Nunca sabremos, a ciencia cierta, qué tanta influencia tendrá el asesinato del candidato ecuatoriano en otros procesos electorales de la región.

En México, por lo pronto, el asesinato en contra de Fernando Villavicencio debería ser un llamado de atención. Doloroso y urgente. Primera llamada, primera: la polarización ha sido causada por el gobierno, pero la decisión sobre nuestras emociones, y el curso que habrá de tomar nuestra sociedad, no le corresponde a un solo hombre, menos aun cuando se encuentra enfermo de poder y le domina el resentimiento. Los políticos miran al corto plazo, y fomentan el río revuelto del que esperan medrar: si la ciudadanía no conserva la calma en momentos difíciles —como los que se avecinan— en muy poco tiempo podríamos estar viviendo, de nuevo, tragedias que pudimos haber evitado.

La polarización es el anzuelo, la presa somos todos nosotros. La polémica en curso es la prueba más palpable de una sociedad descompuesta, y el debate político entre un empresario y una legisladora ha caído en el plano personal más lamentable, celebrado por la turba enardecida de las redes sociales. Mañana el escándalo será otro, de mayor calibre; algún día la sangre —más sangre— llegará al río, y las posiciones se volverán irreconciliables: la lucha de clases quedará instaurada y, con ella, la Cuarta Transformación quedará consolidada. A eso nos arriesgamos; a eso, también, nos dirigimos. Primera llamada, primera.

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