¿Por qué nos desconocen?
Septiembre será, sin duda, un punto de inflexión para este gobierno. Así lo ha sido en la historia reciente: septiembre, para la presidencia de la república, solía ser una pesadilla que comenzaba con las manifestaciones alrededor del informe de gobierno, la ...
Septiembre será, sin duda, un punto de inflexión para este gobierno. Así lo ha sido en la historia reciente: septiembre, para la presidencia de la república, solía ser una pesadilla que comenzaba con las manifestaciones alrededor del informe de gobierno, la negociación habitual del zócalo para el grito, los disturbios por el aniversario de Ayotzinapa y culminaba —de manera apoteótica— con una habitual violencia urbana del 2 de octubre, que no se olvida.
Esta vez no será distinto, a pesar de la gran popularidad de que se precia el Presidente. El ánimo social está muy caldeado, y la creciente cercanía del gobierno con la milicia —la militarización de facto de la vida pública— ha enardecido a los grupos más radicales por las cuentas personales que aún tienen por saldar con las fuerzas armadas. El Presidente prometió enfáticamente el regreso del ejército a los cuarteles, pero sus acciones han demostrado que las causas que adoptó no fueron sino la mercancía política que utilizó para acceder al poder.
El caso Ayotzinapa marcará un parteaguas en este sexenio. El movimiento obradorista se aprovechó de la tragedia hasta el cansancio, acusó al Estado y convirtió a los 43 en el pilar de su estrategia de confrontación con el gobierno anterior. Lucraron sin empacho con el sufrimiento de la gente, y los han azuzado durante años exigiendo una verdad que —ahora se sabe— conocían desde un principio, e involucraba de manera directa a sus aliados en un crimen atroz para el que el silencio sólo implica complicidad.
Se regodearon en el dolor, y los nombraron, uno por uno —y todos los días— en un infame pase de lista que no fue sino otra puesta en escena del gran productor de una telenovela a punto de convertirse en tragedia griega. El Presidente ha acumulado poder como ningún otro, y cuenta no sólo con el poder político y el poder legal, sino también con el de los poderes fácticos, uno de los cuales acaba de perder. Septiembre será un punto de inflexión: el Presidente alimentó durante años, con promesas y resentimientos, a un tigre con el que amenazó y sometió al gobierno anterior, pero que se le escapa de las manos. El Presidente ha decepcionado a su base más radical y, con razones fundadas, ha previsto que sólo haría falta una chispa para encender la pradera entera. “¿Por qué nos desconocen?”.
Una chispa que bien podría provenir del mayor pilar de su gobierno. El Presidente ha comprometido el honor del ejército, y lo ha sometido a vejaciones que ningún soldado debería de soportar, tanto por dignidad personal como por respeto a lo que representa su propio uniforme. Los insultos y burlas por parte de civiles armados, las obras civiles que no debería realizar quien está dispuesto a dar su vida por la Patria. El desenlace del caso Ayotzinapa, y la forma en que el funcionario civil que —por el momento, es indispensable recordarlo— es responsable de las fuerzas armadas está desprestigiando al Ejército y llevándolo a la deshonra. ‘Los miembros del Ejército, sin excepción, tienen el deber de rehusar todo compromiso que implique deshonor, falta de disciplina o menoscabo de la reputación del Ejército’, reza el artículo 43 del Reglamento General de Deberes Militares, vigente desde 1937 y grabado a sangre y fuego en el corazón de cada soldado: ¿qué cuestionamientos éticos estarán devanando los sesos de quienes se precian de portar el uniforme con honor?
“¿Por qué nos desconocen?”, preguntó el Presidente —con visible desesperación— al enumerar las protestas que se avecinan y que ponen en riesgo no sólo la viabilidad de su gobierno, sino la pervivencia misma de su legado. Las causas sociales que enardeció mientras le fue conveniente, pero a las que no ha respondido ahora que tiene la capacidad de hacerlo. “¿Por qué nos desconocen?”, pregunta el Presidente, aunque podría encontrar la respuesta en sus propias palabras: simplemente porque en este, como en los demás ideales que vendió al pueblo con tal de llegar al poder, ha cambiado de opinión.
