¿Por qué no le salen las cosas a la oposición?
Algo sigue sin funcionar con la oposición. Lo advertimos en estas mismas páginas, desde hace algún tiempo https://bit.ly/3g1n16j, y el tiempo se agota sin que se perfilen liderazgos claros rumbo a 2024, ni tampoco iniciativas que logren entusiasmar más que a quienes las ...
Algo sigue sin funcionar con la oposición. Lo advertimos en estas mismas páginas, desde hace algún tiempo (https://bit.ly/3g1n16j), y el tiempo se agota sin que se perfilen liderazgos claros rumbo a 2024, ni tampoco iniciativas que logren entusiasmar más que a quienes las integran en primera instancia. Así, antes de seguir en un camino —probablemente— equivocado, valdría la pena detenerse, por un instante, y tratar de entender lo que está pasando.
La oportunidad sería clarísima. El Presidente está débil, tanto en lo físico como en lo institucional, y su salud mental se deteriora —visiblemente— conforme su periodo se agota. La presión se incrementa en lo externo, con las posibles consultas al T-MEC, y la lucha de las corcholatas por llamar su atención —que tanto debe estar disfrutando— se ha convertido en una lucha a dentelladas en lo interno. Las instituciones que ha favorecido están en entredicho, y no sería extraño que él mismo estuviera sorprendido por la cantidad de información que le ha sido ocultada en las reuniones del Gabinete de Seguridad, y que ha sido revelada en la colección de los archivos Guacamaya. A pesar de su popularidad, el gobierno que planeó durante 18 años se hunde.
La oposición —sin embargo— sigue sacando cuentas, como si la política sólo se tratara de hacer aritmética, y se organiza como si los asuntos públicos pudieran resolverse en redes sociales o por mensajería instantánea. Como si se tratara del mismo juego democrático que conocieron en el pasado, y en el que tampoco saben ganar; como si los partidos tuvieran credibilidad, y se pudiera confiar en sus dirigentes; como si sólo se tratara de encontrar causas que aglutinen en contra del bando contrario, sin tratar de entender las razones de la ciudadanía que continúa apoyando al Presidente a pesar de que su gestión sea un fracaso evidente. La mitad del país, que, cuando el Presidente se vaya, continuará aquí.
Es el momento de enfrentar la realidad, aunque resulte dolorosa. Es momento de pensar a futuro, y dejar atrás el enfoque —de cortísimo plazo— de una aritmética electoral en la que ni por asomo se contempla lo que podría pasar el día siguiente a los comicios: el país está al borde del incendio, y una estrategia de confrontación sería el equivalente a arrojar gasolina sobre la pradera en llamas. Los próximos años serán muy complicados: existen estudios que han demostrado que, al incremento en un punto porcentual a las tasas de desempleo, le corresponde un 5% de incremento en consultas en instituciones psiquiátricas. En nuestro país, la gente está a punto de llegar al límite: si a la desesperación económica se añade la fatiga postpandemia; la falta de estado de Derecho, la inseguridad y la inminencia de un proceso electoral en el que ambos bandos parecen estar dispuestos a jugárselo todo, con tal de aniquilar al enemigo, el futuro inmediato no parece muy promisorio.
El reto de la oposición no puede limitarse a conseguir el triunfo en un proceso electoral, sino que debe enfocarse —desde ahora— en la construcción de un país viable, en el que quepamos todos. Todos. La polarización favorece a los autoritarios de ambos bandos, y de nada serviría ganar la Presidencia de un país que fue necesario incendiar con tal de conseguir el poder: es necesario pensar a futuro, y sentar las bases de la nación que queremos, no para el próximo año, sino para dentro de 20, 30 o 50 años. La transformación del país, a final de cuentas —y, aunque no resulte la que sueña el Presidente— ya está en marcha.
La oposición quiere hacer gobierno, pero no sabe para qué. Y continúa quejándose —y buscando causas que aglutinen— sin darse cuenta que, primero que nada, debería dejar de responder al Presidente, y enfocarse en los temas locales; acercarse a los contrarios, y crear una oportunidad de síntesis. Volver a creer en la resolución de los asuntos públicos a través del diálogo; volver a creer en lo que, en realidad, es la esencia de la política. Este, como ningún otro, es un momento de estadistas.
