No existe una embajada tan lejana
El momento ha llegado. Arrancan las campañas estatales de 2023 y, con ellas, el laboratorio en el que habrán de probarse las estrategias que se llevarán a cabo en la elección de 2024. Alianzas, narrativas, reparto de recursos, corrupción y traiciones: lo que se cocinó ...
El momento ha llegado. Arrancan las campañas estatales de 2023 y, con ellas, el laboratorio en el que habrán de probarse las estrategias que se llevarán a cabo en la elección de 2024. Alianzas, narrativas, reparto de recursos, corrupción y traiciones: lo que se cocinó durante meses se probará en estos días, y será –ni más, ni menos– lo que veremos en la mesa del próximo año.
El Estado de México es el laboratorio de la elección presidencial, en más de un sentido, y será el terreno ideal para evaluar el peso verdadero de cada uno de los actores involucrados. En el Estado de México se librará la madre de todas las batallas, y no es arriesgado afirmar que en los comicios de junio podría estarse jugando el rumbo de la nación entera. En estos momentos sería difícil imaginar un tema con mayor relevancia para el futuro del país: los partidos de oposición, sin embargo, parecen estar más preocupados por su propia agenda que por concentrarse en asegurar el triunfo.
Los partidos políticos han perdido la conexión con quienes fueron sus electores, y, si los ataques al INE no prosperaron, no fue debido al trabajo de sus dirigentes, sino a la participación denodada de una ciudadanía, que no se merece a los partidos que la representan, y cuya tibieza sólo es comparable al ímpetu del partido oficial. El Estado de México es parte esencial del plan C, y el Presidente de la República no dudará en utilizar todos los recursos a su alcance para asegurar el triunfo: desde las amenazas hasta las componendas con los dirigentes, promesas de impunidad o la posibilidad del exilio dorado en una embajada cualquiera.
La ciudadanía exige que los partidos se comprometan con una plataforma de gobierno, pero sus dirigentes pierden el tiempo repartiéndose un pastel que todavía no existe; la sociedad civil propone un gobierno de coalición, pero los partidos no han logrado la coalición ni siquiera para hacer campaña.
Los partidos parecen haber hecho sus cálculos, y determinado lo que significa el triunfo para cada uno de ellos: en el caso de Alejandro Moreno, presidente del PRI, los esfuerzos parecen estar más enfocados en impedir una debacle personal que en salvar al instituto político que representa. El dirigente dejará el poder muy pronto, y en el camino ha acumulado enemigos temibles, dentro de su propio partido, que no lo perdonarían aunque ganara la próxima elección; en el camino, también, ha recibido los guiños de quien sabría compensarle una derrota –quizás– con una embajada. Las preguntas, hoy como nunca, son pertinentes: ¿de qué se trata, en realidad, la alianza opositora? ¿Por qué no participan los otros partidos en la campaña? ¿En qué consiste el liderazgo de Moreno? ¿Le interesa ganar el Estado de México?
La oposición tiene una pata coja, y ésta es -paradójicamente- la oposición partidista. La sociedad civil está consciente y más preparada que nunca, pero los partidos no han logrado estar a la altura de las circunstancias: para quienes ejercen la política de forma profesional, los ciudadanos no hemos sido más que una mercancía que han podido comprar con promesas y engaños vulgares. Queremos una oposición que funcione; queremos verlos en campaña de coalición, queremos verlos participando; queremos verlos unidos, queremos ver que confían unos en otros para volver a confiar en todos ustedes.
Queremos un país mejor, y queremos construirlo todos juntos; queremos vivir en paz, y volver a creer en la política. Queremos partidos dignos, y dirigentes honestos: queremos que políticos como Alejandro Moreno entiendan que no existe, en este mundo, una embajada lo suficientemente lejana para quien traicione a la ciudadanía.
