No es una sorpresa, pero no deja de ser una decepción
Undostres por los oportunistas que se esconden detrás de los partidos políticos. Undostres por quienes persiguen su propia agenda mientras engañan a sus clientelas; undostres por los políticos que sólo consiguen acuerdos cuando se trata del reparto de beneficios entre ...
Un-dos-tres por los oportunistas que se esconden detrás de los partidos políticos. Un-dos-tres por quienes persiguen su propia agenda mientras engañan a sus clientelas; un-dos-tres por los políticos que sólo consiguen acuerdos cuando se trata del reparto de beneficios entre ellos mismos.
Un-dos-tres por quienes menosprecian tanto a la ciudadanía como para suponer que podrán seguirle tomando el pelo por siempre; un-dos-tres por los líderes de oposición que —hace unos días— tuvieron que recular en el intento que emprendieron por amarrarle las manos al Tribunal Electoral, de la mano del partido oficialista. Como si nadie fuera a percatarse; como si la sociedad civil no hubiera despertado, y algo tan burdo —y tan obvio— pudiera pasar desapercibido.
No es una sorpresa, pero no deja de ser una decepción: los partidos políticos en nuestro país —a final de cuentas— no representan ideas y proyectos de largo plazo, sino que que agrupan a camarillas con intereses temporales, de cortísimo plazo, que actúan bajo membretes cuyo valor se pierde, por instantes, en las condiciones de competencia actuales. El riesgo para la democracia no proviene tan sólo de las acciones del gobierno, sino —sobre todo— de la decepción provocada por la oposición, y sus dirigentes, entre la ciudadanía: ¿qué sentido tiene una oposición que pacta con el poder, a espaldas de sus electores? ¿Para qué pertenecer a cualquiera de los partidos de oposición, cuando —en los hechos— no hay diferencia alguna entre ellos? ¿Qué valor real puede tener un gobierno de coalición planteado por quienes no han sido capaces de unirse, siquiera, en el articulado de una campaña de coalición?
Un-dos-tres por la ciudadanía, atrapada —una vez más— entre la espada y la pared de un gobierno insaciable y los liderazgos acomodaticios que prefiguran la derrota de la oposición. Los partidos políticos son esenciales para el funcionamiento de la democracia, y la mediocridad de sus liderazgos sólo favorece al Presidente de la República: la intentona contra el TEPJF los desnuda por completo. Necesitamos a los partidos políticos, pero primero necesitamos entender en qué se han convertido y a quiénes representan. Entender los proyectos, las causas y —sobre todo— los idearios que les definen: entender, también, que difícilmente los tengan.
Los partidos han perdido su ideología y se han convertido en meros grupos de poder alrededor del líder en turno: en las circunstancias actuales, el apoyo de la ciudadanía no es útil para transformar a la sociedad —y ni siquiera para fortalecer al propio partido—, sino tan sólo para afianzar a dirigentes sin el tamaño —ni la capacidad— suficiente para el momento que están enfrentando. Los liderazgos partidistas no han estado a la altura de los tiempos y, sin una renovación absoluta de sus dirigencias, lo que no se ha logrado en los últimos años difícilmente se conseguirá en unos cuantos meses.
La oposición partidista tiene una visión de cortísimo plazo; pacta con el gobierno, es indefinida y poco confiable. Ha perdido el contacto con la gente, carece de cuadros nuevos y no tiene un discurso que emocione ni a ellos mismos. Cada pueblo tiene el gobierno que se merece; cada pueblo tiene, también, la oposición que le corresponde.
¿Cuántas batallas les quedan a Marko y Alito juntos? ¿Quién puede confiar en ellos todavía? ¿Cuál ha sido el daño que le han hecho a sus propios partidos, y a la democracia en nuestro país? La respuesta no la sabremos a ciencia cierta, y los personajes no tendrán mayor relevancia histórica que la que adquieran las causas que se les lleguen a fincar: las consecuencias de sus actos, sin embargo, podrían durar hasta mucho después de 2024. No es una sorpresa, pero no deja de ser una decepción.
