No es momento de estar tristes

Feliç aniversari, G. No es momento de estar tristes. La campaña presidencial todavía no arranca; el proceso en sí está en sus propios albores, y el resultado de la elección está aún muy lejos de haberse definido. A pesar de lo que ...

                Feliç aniversari, G.

No es momento de estar tristes. La campaña presidencial todavía no arranca; el proceso —en sí— está en sus propios albores, y el resultado de la elección está aún muy lejos de haberse definido. A pesar de lo que revelen las encuestas, a más de siete meses de que se resuelvan; a pesar, incluso, de los errores —y componendas— que los mismos involucrados —y quienes les rodean— hayan podido definir como convenientes a sus propios objetivos. La contienda apenas comienza, y muchas cosas pueden ocurrir todavía.

La precampaña, sin embargo, no deja lugar a dudas: el barco está haciendo aguas; el rumbo no es el correcto, y el final de la travesía está seriamente comprometido. La mera equis no es suficiente, aunque tenga detrás una historia formidable: una persona no es una causa por sí misma, así como una risa nerviosa no es un argumento ni siquiera para sus propios seguidores. Un trending topic no es un triunfo contra el Presidente; un like no se refleja en las urnas, aunque haya contenido el palabro xingón en el mensaje.

Lo que no ha funcionado no funcionará, y los responsables del tiempo perdido tendrían que ser reemplazados por otros, no sólo más capaces sino —sobre todo— menos representativos del régimen cuya desaparición ha sido enarbolada como estandarte por el mandatario desde hace décadas: el Presidente podría contar a sus agraviados por las decenas de millones, pero sus eternos adversarios no supieron solucionar los mismos problemas cuando tuvieron oportunidad de hacerlo. La sociedad civil organizada rebasa —con mucho— a quienes respondemos a la arenga de las redes sociales vestidos de rosa.

La sociedad civil es mucho más amplia, y también sabe organizarse: la sociedad civil no sólo comprende a las clases medias urbanas, sino también a los grandes olvidados que terminan organizándose por su parte para responder a las necesidades más apremiantes de sus comunidades. Desde los campesinos, que tienen que sobrevivir a pesar de la falta de apoyos —y los efectos del cambio climático— hasta los obreros, cuya seguridad —y la de sus fuentes de trabajo— se ve comprometida por la amenaza real y constante del crimen organizado. Los jóvenes sin futuro, las minorías despreciadas, los afectados por la falta de medicamentos y los recientes desastres naturales. Los desposeídos; los más pobres, los pueblos originarios. Los grandes olvidados.

La contienda apenas comienza, y muchas cosas pueden ocurrir todavía: lo que no ha funcionado no funcionará, y justo nos encontramos en el momento preciso para realizar los ajustes necesarios. La elección puede ganarse si la campaña se aborda desde un enfoque distinto, no sólo en el discurso de la candidata sino —sobre todo— en la elección de sus audiencias: los agraviados del mandatario se cuentan por decenas de millones, en todos los sectores de la sociedad. La clase media no es suficiente para ganar una elección, y los esfuerzos de la campaña deberían rebasar —necesariamente— a las redes sociales para enfocarse en los más pobres, desde la perspectiva de sus problemas más apremiantes. Desde lo local, desde lo más humano: los electores, sin más, están ahí.

No es momento de estar tristes: muy por el contrario, es momento de trabajar. De trabajar con los olvidados de siempre, de acercarse con los desposeídos. Con los más pobres, con los pueblos originarios. De arrebatarle las clientelas, y reconocerles el lugar que como ciudadanos les corresponde; de recordar a los olvidados, y darles una voz en la escena política. Es el momento de tomarse en serio el futuro del país y replantear la campaña: la elección puede ganarse, aunque las encuestas —y el Presidente— digan lo contrario. La elección puede ganarse, si se tiene una causa justa; una causa justa, en cualquier caso, que piense en los más pobres y rebase el ejemplo de una sola persona.

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