Mucha marcha para tan poco mensaje

El ajedrecista dejó de entender el juego. El Presidente, simple y sencillamente, se equivocó: para quien obtuvo una victoria apabullante en el 2018, y además fue refrendado hace apenas unos meses, en la consulta que él mismo se inventó, un tercer ejercicio de apoyo ...

El ajedrecista dejó de entender el juego. El Presidente, simple y sencillamente, se equivocó: para quien obtuvo una victoria apabullante en el 2018, y además fue refrendado hace apenas unos meses, en la consulta que él mismo se inventó, un tercer ejercicio de apoyo multitudinario no sólo resultaba innecesario, sino que terminará por cobrarle facturas a futuro.

El rey está desnudo, y por fin aseguró su lugar en la historia. La marcha de ayer fue un despropósito desde su origen, una decisión tomada con el hígado para mostrar músculo ante sus adversarios; la organización fue un desastre, y se tomaron con ligereza riesgos que no podría asumir ningún gobernante con un poco de sentido común. Un atentado, una emergencia médica, una estampida: cualquier incidente posible en una concentración masiva, y que nuestras autoridades tienen la obligación de prevenir. Pero no.

El Presidente —por un berrinche, como los que han marcado su carrera— no sólo se puso en riesgo a sí mismo, su salud y su integridad física, sino al gobierno que encabeza y a cientos de miles de personas que lo acompañaron en un evento organizado a la ligera, de manera absolutamente irresponsable: en la era de la información todo está documentado, sin embargo, y muy pronto el tiempo le dará la perspectiva correcta al periodo que estamos viviendo.

El capricho se cumplió y, lo que pretendía ser una muestra de músculo para el gobierno en funciones, se convirtió en un aparador de las peores prácticas de la política contra las que prometió luchar. El corporativismo nunca se ha ido, y si algo quedó en evidencia con la marcha es la capacidad de seguir manipulando a los mismos sectores, con las mismas promesas, para la consecución de fines que siempre son personales y nunca sociales. El mandatario y su camarilla llegaron al poder utilizando a la gente como si fuera una mercancía política, de la que disponen a su antojo y manipulan a través del resentimiento y los estímulos a corto plazo: es a ellos a quienes están dirigidas no sólo las mañaneras y los apoyos sociales, sino finalmente el calificativo de “mascotas” asignado por el mandatario. Vaya líder.

Muchos de quienes asistieron a la marcha fueron los mismos que han votado por él desde hace décadas, y cuyos problemas persisten aunque el dirigente haya progresado. El pueblo bueno quiere a su pastor, sin embargo, y los acarreados no acuden por lo que van a recibir, sino por la esperanza y el rencor que les infunde; por la cercanía y el sentido de pertenencia. El Presidente, en su vejez, parece haber perdido el olfato.

Mucha marcha para tan poco mensaje, podría decirse en sus propios términos. El acto en el templete fue completamente anticlimático, y en su contenido no existió nada distinto a una mañanera cualquiera. La oportunidad era perfecta, no para volver a enumerar mentiras, sino —al menos— para darles un marco contextual adecuado y definir lo que sería un proyecto a futuro, que abrevara de la experiencia obtenida. La multitud lo estaba esperando: éste era, sin duda, su momento de gloria. El estadista no estuvo presente, sin embargo: en su lugar apareció el pastor evangélico senil que ya conocemos.

El reto después de la marcha no estriba en la respuesta a su discurso, sino en la atención a los problemas de los que se ha servido para manipularlos, y que hemos descuidado como sociedad desde hace años. El reto está en la gente humilde, y en resolver sus necesidades más apremiantes, antes que seguir considerándolos como una mercancía política; el reto está en los jóvenes, en las mujeres, en los más necesitados. El reto es la construcción de un futuro mejor, y una sociedad más justa para todos, antes que concentrarse en ganar el 2024 a cualquier costo: el reto no es arrebatarles las banderas, sino hacerlas efectivamente nuestras.

El reto, en pocas palabras, es ignorar al narcisista y concentrarnos —de una vez— en un país que mire al futuro, y no al pasado o al antepasado: también, para nosotros, ha sido mucha marcha para tan poco mensaje.

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