Happy birthday, S.
Un extraño enemigo en tiempos de crisis. Un enemigo misterioso, difuso, indescifrable. Traicionero, sin dudarlo. Resentido, y aún más: elusivo, misterioso, corrupto.
Conservador, mil veces maldito. Fuerzas ocultas que intentan, con el poder que acumularon durante el –más que digno de caer en el olvido– periodo neoliberal, sabotear la transformación que encabeza un hombre sencillo, de honestidad valiente, cuyo gobierno tiene como única finalidad la felicidad del pueblo.
Un extraño enemigo que, sin embargo, no resulta tan desconocido. Apareció, taimado, justo cuando el gobierno federal tomó las decisiones erróneas que llevaron al desabasto de combustible, al principio de esta administración: lo que en ese momento se manifestó, con el nombre de huachicoleo, surgió –oportuno– cuando faltaron los argumentos para justificar los errores causados por la arrogancia y la inexperiencia, justo en el momento en el que –además– acababa de morir la gobernadora de Puebla, junto con su marido, en un accidente inexplicable.
Un accidente que, de manera más que oportuna, se diluyó con la emergencia que representaba enfrentar un extraño enemigo, al que todo el pueblo de México ayudó a combatir –gustoso– haciendo filas en las gasolineras. Lo logramos: recuperamos la soberanía.
Recuperamos la soberanía contra los delincuentes que nos estaban sangrando y mientras el secretario de Relaciones Exteriores emprendía la misión heroica de conseguir las pipas que habrían de salvarnos –a quién le importa que no cumplieran con las normas oficiales–, las manifestaciones de apoyo –espontáneas– se plasmaban incluso en grupos de mariachi que llegaban –espontáneos– a estaciones de servicio en las que ciudadanos –espontáneos– documentaban y transmitían, en redes sociales espontáneas, el júbilo de un pueblo que estaba dispuesto a sacrificarse –sin preguntar– con tal de recuperar la soberanía nacional. Como en tiempos de Tata Lázaro, en contra del extraño enemigo. Del pinche Masiosare.
Masiosare, el extraño enemigo que regresa. Misterioso, difuso, indescifrable. Traicionero, conservador, seguramente fan del Borolas. Un extraño enemigo que no sólo osa profanar con su planta el suelo de la Cuarta Transformación, sino que –además– en algunas ocasiones se manifiesta como el huachicol o bien puede mutar en el neoliberalismo que añora el poder o, incluso, en los conservadores perversos que conspiran en contra de la Patria –nuestra venturosa Cuarta Transformación– y siembran la amenaza de golpe de Estado a la que –ahora– se refiere el titular del Ejecutivo.
Una amenaza que –hay que decirlo– no existe.
Masiosare aparece, de nuevo y como recurso extremo, de quien maneja las crisis con impericia, en un momento en el que la soberbia –y la candidez– del titular del Ejecutivo le acorralan y le obligan, en su limitada visión de los asuntos de Estado, a salir hacia adelante con una posición que no hace sino tensar los hilos de la cohesión social que –también hay que decirlo– debería de ser capaz de manejar sin problemas con los niveles de aceptación que le llevaron al poder. Masiosare es un extremo.
Masiosare no existe sino como el personaje ficticio al que, con diferentes nombres, el Presidente en funciones le asigna sus errores. México es un país unido, al que la división entre fifís y chairos le llegó sin necesitarla: el Ejército Mexicano es una institución en la que confiamos y a la que le reconocemos su actuación en caso de desastre nacional. La lealtad está intacta, y la aprobación sigue arriba de los máximos históricos: la aparición de Masiosare, en estos momentos, no fortalece sino que debilita. Necesitamos información, no que lo saquen –de nuevo– a escena.
