Mañana será un nuevo día

A quienes perdimos, sin razón, en estos seis años. Sólo el transcurrir del tiempo nos permitirá entender el impacto real, y los alcances, del periodo constitucional del presidente Andrés Manuel López Obrador, a quien la Historia terminará por colocar –sin duda ...

A quienes perdimos, sin razón, en estos seis años.

Sólo el transcurrir del tiempo nos permitirá entender el impacto real, y los alcances, del periodo constitucional del presidente Andrés Manuel López Obrador, a quien la Historia terminará por colocar –sin duda alguna– en el lugar que le corresponde. El sexenio termina el día de hoy, pero sus repercusiones nos perseguirán durante décadas. Y a él también, hay que decirlo. 

El Presidente es un hombre de símbolos, a quien el destino ha llevado a encontrar los que definirán lo que fue su mandato en las horas postreras de su administración. Lo que para Salinas de Gortari fue el error de diciembre –o para Felipe Calderón la guerra en contra del narco, y el involucramiento de García Luna– para Andrés Manuel López Obrador lo serán la presunción de colusión directa de su gobierno con el crimen organizado, así como el estado de catástrofe total en que abandonó a la población que se le entregó con los brazos abiertos y a la que se resistió a visitar en sus momentos más difíciles. 

El país está en llamas, aunque la comunicación oficial no lo reconozca: lo que se vive en Sinaloa es una auténtica guerra civil que muy pronto podría extenderse a otras entidades, conforme se desarrollen los procesos judiciales y comiencen a aflorar los detalles sobre las traiciones internas, así como el papel que han desempeñado las autoridades –de ambos países– en las operaciones de trasiego. Las imágenes de López Obrador saludando a la madre del narcotraficante más connotado del país, así como aquellas en las que departe con sus acompañantes, comiendo tacos en absoluta confianza, son ahora parte central de la memoria colectiva: la percepción sobre el mandatario en redes sociales, tras la viralización del hashtag que ahora lo acompañará hasta la tumba, sólo ha servido para reforzar un concepto vigente. 

La detención de Ismael Zambada y Guzmán López ha sido un cisne negro para la administración que termina. Cualquier acusación lo marcaría, porque la calumnia, cuando no mancha, tizna; cualquier investigación en su contra no sería otra cosa, sino el último clavo sobre el ataúd de una reputación de honestidad que habría sido construida a base de mentiras. El argumento final, de la misma forma, para quienes buscan intervenir de manera directa en nuestro país, y revisar el acuerdo comercial en nuestra contra: no deja de ser doloroso aceptarlo, pero en el destino próximo de Andrés Manuel está implícito el de la nación entera a largo plazo. 

Lo que hoy sucede en Acapulco –por otra parte– es el mejor resumen de lo que fue la gestión obradorista, en una estampa que la retrata como si fuera una radiografía: tal habrá de ser, sin duda alguna, el símbolo concluyente de su mandato. Las tragedias se acumularon a lo largo del sexenio, pero se pudieron capotear a tiempo: en esta ocasión la naturaleza rompió en el mismo lugar, por segunda vez y sin aviso previo, y las imágenes que de ello han resultado no son más que una metáfora dolorosa del México en el que nos hemos convertido. Acapulco fue un lugar glorioso que ahora está destrozado, y se ha convertido en un lugar en el que ya no cabe la esperanza: en esta ocasión, y por primera vez en nuestra Historia reciente, la solidaridad que siempre nos fue natural se ha convertido en resentimiento. Ése, y ningún otro, es el legado real del Presidente que hoy se despide entre los vapores de una popularidad que él mismo sabe ficticia: ése, también, será el peso de la carga que arrastraremos a partir del día de  mañana. 

“Divide, y vencerás”, fue la divisa que Andrés Manuel López Obrador enarboló a lo largo de su mandato, mientras repetía sus mentiras mucho más de mil veces: las conferencias mañaneras sirvieron a su función, y ahora nos encontramos donde estamos. El Presidente dividió, y supo vencer cuando tenía el poder para lograrlo: los momentos más difíciles siempre terminan, y, como en Lo que el viento se llevó, mañana será un nuevo día. Las aguas en Acapulco, así como en el resto del país, pronto tendrán que bajar: suerte para todos, que vamos en el mismo barco.

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