Las ranas pueden seguir viviendo en democracia

“Les grenouilles se lassant/ de l’état démocratique”, comenzaba el texto publicado hace cinco años con motivo del triunfo del obradorismo en estas mismas páginas. La elección había terminado, aunque el entusiasmo podía respirarse: la violencia terminaría por ...

“Les grenouilles se lassant/ de l’état démocratique”, comenzaba el texto publicado hace cinco años —con motivo del triunfo del obradorismo— en estas mismas páginas. La elección había terminado, aunque el entusiasmo podía respirarse: la violencia terminaría por fin, el país crecería al 6% anual. Todos seríamos más ricos, la gasolina costaría diez pesos, el Ejército saldría de las calles. Estábamos listos para el país que nos habían prometido: sólo era cuestión de que llegara un caudillo honesto, sin miedo a ejercer el poder.

“Las ranas se cansaron de vivir en democracia, y pidieron a Júpiter que les concediera vivir en monarquía, con tanta insistencia que terminó por concederles su deseo. En un instante, del cielo cayó un rey que, aunque pacífico, causó un gran estruendo: las habitantes del estanque, timoratas y asustadizas, corrieron de inmediato a esconderse bajo el agua, en los arbustos, entre los juncos de la orilla. En cualquier escondrijo que pudieran encontrar, y durante algún tiempo no se atrevieron a mirar la cara de quien era su nuevo monarca, y que ellas pensaban se trataría de una rana monstruosa y amenazante, dispuesta a controlarlas. No era así, sin embargo. Aquél a quien tanto temían, y que suponían un gigante sin conocerlo, en realidad no era sino un simple tronco”.

Un tronco al que, ahora sabemos, se le perdió el miedo el día del culiacanazo. “Un tronco cuya solemnidad asustó, al principio, a la primera rana que se aventuró, temblorosa y con miedo, a salir de su guarida para mirarlo de cerca. Al poco tiempo, otra la siguió, una más un poco más tarde y otra después, hasta que, después de un rato, la multitud de ranas había perdido el miedo y brincaba con toda naturalidad sobre el cuerpo de su monarca, quien parecía consentirlo todo, en su inmovilidad”. Abrazos y no balazos, como les había prometido.

La única promesa cumplida en el sexenio. “Las ranas brincaban, felices, hasta que los oídos de Júpiter volvieron a retumbar con los reclamos de los batracios”. El tiempo del rey había terminado, y las ranas querían continuidad, pero con cambio. Una nueva generación, alguien dispuesto a profundizar en la transformación emprendida. “Queremos a un rey distinto, un rey que se mueva”.

La historia es vieja, y el final lo sabemos todos, aunque no queramos admitirlo. Un final que podríamos estar a punto de vivir en carne propia: Las ranas pidiendo reyLes Grenouilles qui demandent un Roi— es una fábula publicada en 1668, basada en un relato de hace aproximadamente 2,600 años, pero que no ha perdido vigencia: “Júpiter no lo pensó dos veces y, fastidiado, dejó caer en el estanque una grulla que, sin más, comenzó a atrapar y devorar a sus propios súbditos, los mismos que hasta hace unos instantes clamaban por él y que, ahora, lloraban sorprendidos sin entender lo que pasaba”.

El gobierno en funciones ha sido malo; su legado, sin embargo, podría resultar escalofriante. ¿Cuál de las corcholatas lograría resistirse a la tentación del autoritarismo? “Ahora creen que su gobierno es malo y cruel, pero no supieron cuidar lo que tenían cuando el gobierno era más benévolo y apacible, aunque no fuera tan astuto. Con este, ahora, tendrán que conformarse: no vaya a ser que, lo que le siga, sea incluso peor”.

El futuro comienza hoy: el rumbo de la precampaña ha quedado definido, pero una vez convenidos los métodos es necesario pensar en el sentido que tendrá lo que cada bando está emprendiendo. La precampaña debería tener un resultado positivo para la sociedad: el contraste no sólo vendrá de las propuestas, sino de la civilidad con que se conduzcan ambos procesos.

El objetivo no puede limitarse a la elección de un candidato; el proceso —per se— debería de ser la construcción de un país mejor. La elección puede ganarse, si somos capaces de encontrar un piso común y buscar un objetivo conjunto: las ranas, a pesar de todo, pueden seguir viviendo en democracia.

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