La vela se extingue…
Abrazos, papá. …y el poder se acaba. Las campañas por la Presidencia están en marcha, pero el sexenio dista mucho de haber terminado para quien falló en sus promesas como candidato y hoy tiene que enfrentar a los acreedores como ...
Abrazos, papá.
…y el poder se acaba. Las campañas por la Presidencia están en marcha, pero el sexenio dista mucho de haber terminado para quien falló en sus promesas como candidato y hoy tiene que enfrentar a los acreedores como titular del Ejecutivo. El rey está desnudo, y el pueblo bueno comienza a darse cuenta: “el pueblo no es tonto", como dijo alguna vez un charlatán con suerte. Con mucha suerte.
Poco importa en Ayotzinapa quién sea el segundo presidente más popular del mundo: en Guerrero, por lo visto, no se realizan esas encuestas. La tragedia de los normalistas no fue más que un estandarte que el candidato enarboló en tanto le fue conveniente, y que abandonó en cuanto llegó al poder por los mismos motivos. “Fue el Estado”, sentenció entonces, y aprovechó el capital político causado por el embrollo y el dolor; “vivos se los llevaron y vivos los queremos”, repitió hasta el cansancio y engañó a la sociedad entera con lo que no era más que una campaña política en la que el único ganador era él mismo.
El candidato y sus propagandistas confundieron deliberadamente a la opinión pública, al señalar el gobierno en turno como el principal responsable de la tragedia, con la única intención de llegar al poder. La campaña fue brutal, y rindió resultados: el entonces aspirante vendió la esperanza de un país más justo, y logró arrasar en la votación que lo llevó a la Presidencia. Algo pasó, sin embargo, después de las celebraciones: las promesas a la gente comenzaron a olvidarse, y los abrazos que sustituyeron a los balazos se hicieron cada vez más efusivos. Los excesos que se perdonan al círculo más cercano; la desmesura del poder, y la mirada de miedo en quienes antaño fueron enemigos. Los índices de popularidad, convertidos en un espejo para contemplarse a sí mismo en cada mañanera; las preguntas a modo, para hacer brillar más su reflejo. La trampa del tiempo, la obsesión por el legado; la división constante, la polarización, el autoritarismo. El miedo a perderlo todo de nuevo.
La vela se extingue, y el poder se acaba. El Presidente es popular, pero no ha logrado resolver los problemas más urgentes; el Presidente es popular todavía, pero el clamor que ahora surge señala con toda claridad al rey que va desnudo. El mandatario falló en Ayotzinapa, como también les falló a las madres de los desaparecidos en todo el país, y no pudo resolver el problema de seguridad que ahora trata de negar; el titular del Ejecutivo falló en la salud pública antes y después de la pandemia, y afectó al medio ambiente —como ninguno de sus antecesores— con sus obras inútiles, pero emblemáticas.
El Presidente de la República les falló a nuestros aliados estratégicos, y prefirió optar por la peor escoria del planeta; el titular del Ejecutivo descuidó los temas más importantes para la construcción del México del futuro, y destinó los recursos de la nación a la consecución de su propia agenda y la satisfacción de sus rencores más acabados. El Presidente ha exigido disculpas de otros mandatarios por lo que pasó hace quinientos años, pero no ha sido capaz de recibir a los desposeídos de quienes se sirvió hace tan sólo seis para llegar a una Presidencia que asume como propia desde su propia desmesura.
Poco importa en Ayotzinapa quién sea el segundo presidente más popular del mundo; poco importa, también, para todos aquellos a quienes utilizó para llegar al poder y que ahora se aprestan a cobrar las facturas. El Presidente falló en su gestión, y lo sabe: el mandatario necesita de un paracaídas, aunque se anuncie como segundo piso. La diferencia se acorta, y los sueños se extinguen: el legado está en duda, y la bestia acorralada comienza a soltar dentelladas. La presión social aumentará, conforme se aproxime el fin del sexenio: lo que viviremos, en los próximos meses, requerirá de la unión de todos los mexicanos. “Lo mejor de todo es lo peor que se va a poner”, ha repetido varias veces: ésta es, quizá, la única promesa que deberíamos tomarle en serio.
