La temporada de huracanes no ha terminado

El manejo de una crisis de gobierno implica tres momentos, en los que ocurren cosas distintas. La etapa inicial, previa a que se desate la crisis, implica la identificación y detección de cualquier tipo de evento que represente un riego para el Estado; la segunda etapa es ...

El manejo de una crisis de gobierno implica tres momentos, en los que ocurren cosas distintas. La etapa inicial, previa a que se desate la crisis, implica la identificación y detección de cualquier tipo de evento que represente un riego para el Estado; la segunda etapa es la crisis en sí misma, e implica la preparación y advertencia del evento a quienes puedan resultar afectados, así como el control durante su desarrollo y la respuesta para mitigar los daños para poder regresar a la normalidad lo antes posible. La tercera etapa, de reparación y aprendizaje, sólo puede comenzar cuando la crisis ha terminado. Lamentablemente, todavía no estamos ahí.

La crisis no ha terminado. El huracán que asoló las costas guerrerenses la semana pasada no fue sino el evento que la desató, tras la omisión de la administración en funciones para identificar el riesgo inminente, atenderlo oportunamente y facilitar el regreso a la vida normal de quienes resultaron afectados. La crisis está en curso, y los tres niveles de gobierno han fallado: el Presidente confunde una crisis de gobierno con una crisis política, y confía en resolver la que hoy atraviesa valiéndose de las argucias que ha perfeccionado a lo largo de los años. Las mismas que le sirvieron en Tlahuelilpan, cuando todavía contaba con el bono democrático; las mismas que utilizó durante la pandemia, cuando todavía tenía el tiempo suficiente para garantizar su legado.

Esta vez es distinto, sin embargo: la situación en Acapulco es apremiante, y la tragedia nos ha puesto en la mira del mundo entero, tanto por su origen como por sus consecuencias. La rapidez del fenómeno ha sorprendido a la comunidad internacional, y la pobre reacción del Estado mexicano quedará para la posteridad como un ejemplo de lo que no debe hacer un gobierno en una situación de crisis. Todo quedará registrado, y el juicio lo habrá de hacer la historia: en estos momentos, lo urgente es atender las prioridades de la población y concluir la crisis en curso con la vuelta a la normalidad de los guerrerenses; lo importante, prepararse para el próximo gran huracán.

Los grandes huracanes pueden regresar; los grandes huracanes, después de lo visto, habrán de hacerlo muy pronto. Nuestra posición geográfica se ha convertido, en la época del nearshoring y el cambio climático, lo mismo en una bendición que en una amenaza constante: la reacción del Presidente —y el modelo de gestión de la 4T— sólo ha servido para demostrar que no están preparados para enfrentar una crisis seria. Una crisis que no es política, sino de gobierno; una crisis que no se resolverá desde las mañaneras, y que requerirá de acciones más enérgicas y efectivas, que dejarlo todo —una vez más— al Ejército.

La temporada de huracanes no ha terminado, y las poblaciones en nuestras costas no sólo son vulnerables, sino que están desamparadas: la naturaleza no puede controlarse, pero quien ejerce el gobierno tiene la obligación jurídica y moral de estar preparado en cualquier momento. El cambio climático es una realidad que no podemos seguir soslayando, y sus efectos habrán de resultar en más cisnes negros como el que acabamos de sufrir: la reconstrucción de Acapulco es una prioridad inmediata, pero nuestra vulnerabilidad debería de convertir a la lucha contra el cambio climático en el leitmotiv no sólo de la administración en funciones, sino de aquellas que habrán de sucederle.

El gobierno ha emprendido proyectos faraónicos, cuya viabilidad ambiental ha sido cuestionada desde el inicio: la refinería destruyó el manglar; el tren arrasó con la selva y afectó gravemente el ecosistema de una región virgen. El daño está hecho, y las consecuencias las sufriremos todos: la semana pasada fue Otis, pero el próximo año la tragedia podría llamarse Claudia, Marcelo o quizás incluso Samuel. La temporada de huracanes aún no ha terminado: las catástrofes, en realidad, apenas están comenzando.

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