La semana negra

Los 43 nunca fueron una causa, sino un mero pretexto.

Mal empieza la semana para el que ahorcan el lunes. El Presidente inicia una semana difícil, cuando las protestas por Ayotzinapa aún no han terminado, pero las del 2 de octubre ya retumban en las calles; cuando su partido sufre luchas intestinas –y el rumbo de la sucesión no termina por definirse–, pero en unos cuantos días aterrizarán en nuestro país quienes no vienen a negociar, sino a leerle la plana. Cuando el poder y la salud mental del mandatario se diluyen, conforme se arrancan las hojas, inexorablemente, en el calendario.

Hoy todo parece quedar muy claro: los 43 nunca fueron una causa, sino un mero pretexto; los ideales del 2 de octubre, y la consecuente transformación de la sociedad, nada más que una calculada promesa de campaña. Ni cuarta, ni nada. El combate al narcotráfico, una duda constante y pertinente; la seguridad de los mexicanos, una realidad en tanto pertenezcan a las filas del crimen organizado. Los padres de los desaparecidos ahora saben que sus hijos no fueron más que carne política de cañón, para organizar pases de lista y estructurar una campaña presidencial; los jóvenes que soñaban cambiar el mundo en el 68 se convirtieron en los abuelos que observan cómo el menos avezado de ellos –el que se afilió al PRI tras la masacre– conduce a los nietos de todos a la miseria de sus peores pesadillas. A un México sin futuro: al país que tanto temían entonces.

La política de gran escala no sigue los tiempos electorales ni mucho menos la voluntad de sus protagonistas momentáneos: a la holganza que hoy disfruta la cigarra en funciones seguirá la desesperación de los recursos dilapidados, tanto en materia económica, como política y social, que en poco tiempo habrá de sufrir quien le suceda. López Obrador no está dejando huella, sino cicatriz profunda de las heridas que ha provocado con su mal gobierno: las políticas públicas no triunfan merced a la popularidad del mandatario en el momento de implementarlas, sino a los resultados concretos y viables a largo plazo en función de un objetivo mayor y conjunto. La Cuarta Transformación Nacional nunca fue más que una lista de promesas y resentimientos suficientes para llegar al poder: su implementación durante este sexenio, el esfuerzo enfermizo de una persona para validar sus propias convicciones hasta lograr escribir la Historia a su manera. La historia de sus propios delirios.

El Presidente inicia una semana difícil, una semana complicada. Una semana negra, por sus previsibles resultados: el poder se desgrana con la cuenta regresiva, y la razón se nubla cuando se ejerce desde la desmesura y sólo se escucha el aplauso de los súbditos incondicionales. La popularidad no significa gran cosa cuando se contrasta con los resultados concretos –sin embargo– y las decisiones del mandatario sólo han representado un riesgo mayor para nuestros aliados comerciales y geopolíticos, más allá de lo que pudieran decir los índices de aprobación a los que recurre para justificarse. La estrategia de abrazos en vez de balazos no ha funcionado, y –al contrario– ha terminado por darle más poder a las mafias criminales que ahora se saben impunes y aprovechan la excepción para expandir su influencia más allá de nuestras fronteras: la visita de las máximas autoridades estadunidenses en cuestiones de seguridad e inmigración, justo cuando se aproximan los tiempos electorales para ambos países, no es casual en absoluto.

Mal empieza la semana para el que ahorcan el lunes. El Presidente no se ha recuperado de Ayotzinapa cuando tiene que enfrentar el 2 de octubre y seguir justificando al Ejército que antes acusó, pero a cuyo heredero hoy postula su partido para la CDMX: el mandatario no tiene una explicación para sus fracasos en materia de seguridad y migración, pero en unos cuantos días habrá de recibir a los vecinos que sufren sus errores y advierten una veta electoral. El 2 de octubre no se olvida, desde hace 55 años; la semana negra que hoy comienza, justo a un año de su partida, terminará por llevarlo a los libros de Historia. Misión cumplida, señor Presidente.

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