La responsabilidad del Doctor Muerte

El paso del tiempo permite entender las cosas desde una perspectiva distinta. Más amplia, sin duda alguna: cuando lo atroz se convierte en lo cotidiano, las trampas de la comunicación impiden advertir la gravedad de lo vivido hasta que ya es demasiado tarde. Como la ...

El paso del tiempo permite entender las cosas desde una perspectiva distinta. Más amplia, sin duda alguna: cuando lo atroz se convierte en lo cotidiano, las trampas de la comunicación impiden advertir la gravedad de lo vivido hasta que ya es demasiado tarde. Como la langosta, que se cuece viva —sin darse cuenta—, mientras se incrementa la temperatura.

La pandemia ha terminado, según declaró en días pasados —con toda tranquilidad— quien oficialmente estuvo al cargo de ella, el inefable Hugo López-Gatell. Los recuerdos de su gestión se agolpan por instantes: la zalamería frente al Presidente, la negativa al uso del cubrebocas, las incontables veces que anunció “el aplanamiento de la curva” —sonriente— para después continuar con el escalofriante conteo de los fallecimientos. La danza de la muerte, en cada conferencia de prensa.

Recuerdos estremecedores de algo que no tenía que haber sucedido. El dolor por las ausencias, el sufrimiento de los enfermos que —en su agonía— fueron abandonados a la suerte y tuvieron que despedirse de sus familiares, en el mejor de los casos, por una llamada telefónica. El desabasto en los hospitales, el peregrinar por un tanque de oxígeno en las madrugadas, el horrible sonido de la tos interminable de un ser querido. Las imágenes terribles de una tragedia incomprensible: el miedo al sentir, uno mismo, la opresión en el pecho y los síntomas de una enfermedad que nuestro gobierno despreciaba, sin que fuéramos capaces de entender por qué.

Y es que, aunque las autoridades sanitarias de todo el mundo se vieron sobrepasadas, la situación de México fue —por decir lo menos— peculiar: en nuestro país el manejo de la pandemia tuvo como prioridad la satisfacción política del mandatario, antes que la salud de todos los mexicanos. El titular del Ejecutivo soslayó la importancia de la enfermedad y continuó sus giras sin utilizar, en territorio nacional, el cubrebocas; el subsecretario se dedicó a dibujar, día con día, la curva aplanada del agrado de su patrón, y el 31 de diciembre de 2020 sería sorprendido disfrutando de unas vacaciones en la playa, prohibidas, en aquel entonces, al resto de la población. Justo en el momento que la cifra de fallecimientos —reconocida oficialmente— rebasaba los 125 mil decesos: más del doble de lo que el mismo funcionario, unos meses antes, habría definido como una “situación catastrófica”.

El paso del tiempo permite entender las cosas desde una perspectiva distinta, y hoy sabemos que, tanto la cúpula del gobierno como sus familias, pudieron contar con las medicinas y tratamientos que la sociedad les suplicaba que autorizaran, negados a la población en general a plenas sabiendas de su efectividad, por haberlos utilizado ellos mismos. Sabemos de su negligencia culposa; recordamos que repartieron ivermectina como un experimento y sabemos que las vacunas se les caducaron mientras se las negaban a nuestros niños.

En algún momento tendrán que rendir cuentas. La denuncia contra López-Gatell —y su consecuente enjuiciamiento, cualquiera que sea su resultado— servirá para poner en blanco y negro su gestión, así como para recordar por siempre lo que, como en otras grandes tragedias que han implicado la pérdida masiva —e inmisericorde— de vidas humanas, jamás debe olvidarse si no queremos que se repita. El triunfo de los proyectos políticos no puede estar por encima de los derechos más elementales, así cuenten con una mayoría abrumadora que los apruebe. Lo contrario, simplemente, es el fascismo.

Hugo López-Gatell nunca fue más que un fusible que el gobierno no quemó a tiempo: la soberbia del Presidente terminará por convertir a un funcionario mediocre en el símbolo más representativo de su gestión entera. La elección del 2024 no se tratará tan sólo de la militarización del país o de la consumación de los ataques a las instituciones: las elecciones en puerta se tratan también de la absolución o condena de personajes como el Doctor Muerte y el sistema que terminó por encumbrarlo. Todos lo vivimos, todos lo recordamos: lo que nos toca, ahora, es no olvidarlo nunca.

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