La promesa de una docena catastrófica

A Daria. “Vamos bien, vamos bien”, dice el Presidente. “Este es el camino”, insistía, mientras trataba de seguir justificando una estrategia que no ha funcionado en absoluto para devolverle la paz a la ciudadanía y, en cambio, sólo ha permitido la expansión ...

A Daria. 

“Vamos bien, vamos bien”, dice el Presidente. “Este es el camino”, insistía, mientras trataba de seguir justificando una estrategia que no ha funcionado en absoluto para devolverle la paz a la ciudadanía y, en cambio, sólo ha permitido la expansión del crimen organizado. 

 Una estrategia inservible, pero a la que los precandidatos de Morena deberán ceñirse si es que quieren obtener el favor del Tlatoani. Quienquiera que sea el candidato de Morena a la Presidencia de la República, en el caso de llegar al poder, no sólo se encontraría con un país en llamas, sino que se vería forzado por su antecesor a continuar con despropósitos como los “abrazos y no balazos”, so riesgo de terminar siendo saboteado por quien —sin duda— conservará su popularidad y tendrá instrumentos, como la revocación de mandato, para seguir en el poder y marcarle el ritmo a quien le suceda. 

Continuidad, prometen las corcholatas mientras tratan —a toda costa— de quedar bien con su jefe. ¿Continuidad en qué, exactamente? Las políticas públicas de este gobierno no pueden calificarse más que como un fracaso absoluto, en todas las áreas de la administración, y la llamada “cuarta transformación” con la que pretenden continuar no es más que una entelequia que sólo se sostiene gracias a la popularidad del Presidente —y a su infinita capacidad de victimización y cantinfleo— pero sin mayor contenido ideológico que el conjunto de las frases sobadas y mentiras repetidas mil veces por el mandatario. 

La gente comienza a darse cuenta del atole con el dedo, sin embargo. La violencia que se vive en nuestro país es escalofriante, y la masacre de los sacerdotes en Chihuahua ha puesto sobre la mesa un problema que ni el Presidente ni sus precandidatos quieren aceptar, insistiendo —al contrario— en dejar hacer y dejar pasar, sin hacer nada al respecto. El sexenio cerrará con una cantidad escandalosa de víctimas de la violencia y desaparecidos, y lo que prometen las corcholatas son otros seis años de indolencia, y siembra de arbolitos para “atender las causas”. Una docena, más que trágica, catastrófica. 

 ¿A la continuidad de qué otros absurdos se comprometerán, durante estos meses, quienes pretenden quedar bien con el caudillo? Las grandes ideas del Presidente sólo han causado destrucción y odio, y nos han retrocedido al menos 30 años de desarrollo. Las preguntas se agolpan: ¿cómo podrán hacer una campaña creíble, prometiendo más de lo que notoriamente no funciona? ¿Cómo plantear un programa de gobierno sobre una base tan equivocada? ¿Cómo podrían decisiones complicadas, cuando hay que seguir un guion dictado —por alguien más— desde la ignorancia y el resentimiento? 

 ¿Cómo podría ser, cualquiera de las corcholatas, presidente y títere al mismo tiempo? 

 ¿Cómo defender lo indefendible? El descontento ha surgido alrededor de la política de seguridad, pero en muy poco tiempo se recrudecerá gracias a la inflación galopante y la crisis alimentaria que se avecina. Prometer más de lo mismo —mientras que se patean por debajo de la mesa— no es una idea factible: el mandatario, sin lugar a dudas, es un fenómeno de la política que ha logrado mantener una popularidad imbatible, pero dicha popularidad no sólo no es heredable, sino que ya se ha convertido en un lastre para su movimiento en tanto no ha permitido el surgimiento de nuevas figuras ni, mucho menos, visiones distintas sobre el futuro del país. Por eso las corcholatas tan grises. 

 “Vamos bien”, repite el Presidente mientras que su gabinete pasa saliva y comienza a buscar los botes salvavidas. La presión interna aumentará, y el rompimiento llegará pronto: primero entre las corcholatas, por la maraña de intereses que cada uno representa; después con el destapador, por su ignorancia y ego infinitos; finalmente, con el pueblo que comienza a darse cuenta de que en realidad no, no vamos tan bien. Y que no vale la pena darle continuidad a lo que, tristemente, terminó siendo un fracaso. 

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