La política es tiempo

“La política es tiempo”, solía afirmar el expresidente López Obrador cuando estaba en el poder. “Política es tiempo, manejo de tiempos, y hay que optar siempre entre inconvenientes y hay que priorizar qué primero, qué segundo; no todo”, aseguraba. La política ...

“La política es tiempo”, solía afirmar el expresidente López Obrador cuando estaba en el poder. “Política es tiempo, manejo de tiempos, y hay que optar siempre entre inconvenientes y hay que priorizar qué primero, qué segundo; no todo”, aseguraba.

La política es tiempo, parece entenderse muy bien en Palacio Nacional. Primero vendría el anuncio de una orden de aprehensión en contra de la mano derecha de Adán Augusto López, al tiempo que comenzaron a circular las fotografías de Ricardo Monreal desayunando en uno de los hoteles más costosos de Madrid, así como de Mario Delgado en Portugal. La narrativa sobre la falta de congruencia se fortalecería con la difusión de los videos del diputado Enrique Vázquez Navarro, en Ibiza, y alcanzaría su clímax con las fotografías de Andrés Manuel López Beltrán y el diputado Daniel Asaf de compras en una lujosa tienda de Tokio.

En cada uno de los casos, la crítica más furibunda no provino de los medios críticos al régimen, sino de aquellos que le son más afines. Los golpes no sólo han sido quirúrgicos, sino demoledores: en unas cuantas semanas, los opositores internos —los mismos que ignoraron a la Presidenta aquella vez en el Zócalo— han quedado completamente neutralizados. Los sucesos remiten, necesariamente, a una magnífica escena en la saga de El Padrino en la que Michael Corleone bautiza a su sobrino mientras que sus adversarios caen, uno a uno: el nuevo líder consolida su poder con un ritual público de pureza, mientras se ejecutan los golpes quirúrgicos necesarios para que dicho poder sea irrebatible.

En política no hay casualidades. El “ritual público de pureza” tuvo lugar el viernes pasado, después de los golpes quirúrgicos a los opositores internos y exactamente a un mes de la toma de protesta de los nuevos juzgadores electos con la reforma judicial. La liberación de Israel Vallarta no sólo marcará un hito para la administración en funciones, sino que consolidará el poder real de una Presidenta que, a la par de contar con el respaldo abrumador de la ciudadanía, tiene frente a sí una oposición desorganizada, debilitada y dividida. La historia de Vallarta no sólo es conmovedora, sino que resulta indignante al exponer lo mismo las deficiencias del sistema de justicia anterior que el contubernio de los gobiernos pasados con los medios de comunicación. Ante la evidencia, en realidad, caben pocas respuestas.

Las consecuencias, sin duda, serán de largo alcance. El programa de Loret no fue el único que cubrió la nota, y de ninguna manera se le podría hacer responsable de la mala actuación de los juzgadores del caso: Loret, sin embargo, ha sido declarado como un enemigo del régimen desde tiempos de López Obrador, y como tal se le ha tratado. Las incontables menciones en las conferencias matutinas del sexenio pasado, los ataques personales, la intromisión en la vida privada. Carlos Loret se ha convertido en un símbolo para la oposición mexicana, y su voz tratará de silenciarse a cualquier costo: con la llamada Ley Censura en operación, se recrudecerá el ataque a los medios de comunicación buscando la pérdida de confianza de la ciudadanía en quienes han sido los mayores detractores del gobierno. La palabra montaje, a partir de ahora, se convertirá en moneda de cambio.

“No quiero ser presidente”, aseguró Israel Vallarta en su tour mediático, horas después de haber abandonado el presidio. “Pero sí quiero ser un mexicano que abone, que ayude, que ponga un granito de arena. Yo espero que si yo pongo un granito de arena y todos los que me están escuchando también abonan otro granito de arena, podemos lograr un cimiento nuevo para este nuevo México. Yo lo creo así. Y no quiero adelantar más, pero a lo mejor doy la sorpresa y quizá, ¿por qué no un senador para legislar? No lo sabemos”.

“La política es tiempo”, solía afirmar el expresidente López Obrador: el tiempo de Claudia Sheinbaum, por lo visto, al fin ha llegado. El tablero de la política nacional, mientras tanto, ha cambiado por completo.

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