La oposición necesita narrativa propia
Hay que ver para creer. El país atraviesa un momento crítico, en circunstancias que a cualquier otra administración le habrían costado, al menos, la gobernabilidad: la pandemia está en sus peores niveles de contagio; los escándalos de corrupción señalan al círculo ...
Hay que ver para creer. El país atraviesa un momento crítico, en circunstancias que a cualquier otra administración le habrían costado, al menos, la gobernabilidad: la pandemia está en sus peores niveles de contagio; los escándalos de corrupción señalan al círculo más cercano al Presidente, las masacres continúan y las cifras de muertos están en niveles que superan, con mucho, las que miramos con espanto en sexenios anteriores.
Los problemas se acumulan, aunque haya dejado de hablarse sobre ellos. El Presidente cayó enfermo tras exponer —sin el menor reparo— a la ciudadanía, y minimizar un virus cuyas repercusiones a mediano y largo plazos todavía no alcanzan a vislumbrarse; el mayor banco del país anunció ser puesto a la venta de forma intempestiva, de la misma que, al día siguiente, una armadora de autos comunicaba el cierre de una de sus plantas. Pero, ¿de qué hablamos durante toda la semana?
La política económica no ha dado resultados, y la inflación está en niveles nunca vistos; la política de seguridad tampoco, y la paz prometida en campaña está muy lejos de alcanzarse. Los proyectos emblemáticos no tienen viabilidad, las instituciones democráticas están siendo derruidas sistemáticamente. La cercanía con el bloque bolivariano ni siquiera trata de esconderse, y el problema de los migrantes ejerce presión sobre la administración estadunidense, mientras está alcanzando niveles de crisis humanitaria. El partido en el poder se desgarra por dentro, en una lucha entre radicales y moderados que terminará con un rompimiento inevitable: las corrientes internas se arrebatan los cargos, los aspirantes a la candidatura presidencial aprovechan cualquier oportunidad para tratar de hundirse entre ellos.
El Presidente estuvo ausente durante una semana completa, en que la oposición tuvo la oportunidad de hacerse de la narrativa, y plantear una discusión seria sobre los problemas que ponen en riesgo nuestro futuro: los mismos que el mandatario normalmente trata de evadir. El momento era más que oportuno, y podría haberse abierto el diálogo con un substituto que podría haber brindado un enfoque distinto a los temas vedados: en vez de eso, lo que se discutía al final de la semana eran la posible inclusión del titular de Gobernación como candidato a la Presidencia, así como las loas habituales de quienes consideran que todo va por el rumbo correcto. De la oposición, y la propuesta de cualquier tipo de narrativa distinta, ni sus luces.
La popularidad del Presidente se mantiene, en buena medida, gracias a una sociedad que cada vez está más polarizada. La oposición no entiende lo que es tener una narrativa propia, y se ha empeñado más en contrapuntear todo aquello que afirma el mandatario, lo que no ha hecho sino reforzar el rol que asume como un héroe de antítesis, cuya misión sería enfrentarse a quienes no son sino los enemigos del pueblo. En este sentido, la propia oposición no ha sido capaz, todavía, de colocarse en un lugar que le sea conveniente.
La oposición necesita de una narrativa propia, que no sólo justifique su acceso ordenado al poder sino que le permita tener una interacción pacífica con los nuevos factores del mismo. Quienes vislumbren un futuro en el nuevo tablero de la política mexicana deben saber no sólo cuál es el papel que tendrá que interpretar quien pretenda ser el próximo presidente para lograr un eventual triunfo y transición ordenada, sino —sobre todo— cuál será el rol que el mandatario en funciones pretenderá que juegue quien le suceda, con tal de garantizar su propio legado. Ésa será, entonces, la gran batalla.
