La navaja de Hanlon

Feliz cumpleaños, Chequito. Te extraño. Algo grande se cocina para el final del sexenio. Los ingredientes están ahí, a la vista de todos: la polarización de la ciudadanía, el rencor generalizado; la destrucción de las instituciones, la falta de gobernabilidad. Las ...

Feliz cumpleaños, Chequito. Te extraño.

Algo grande se cocina para el final del sexenio. Los ingredientes están ahí, a la vista de todos: la polarización de la ciudadanía, el rencor generalizado; la destrucción de las instituciones, la falta de gobernabilidad. Las promesas incumplidas, los agravios gratuitos: el poder que se extingue mientras se aproxima el momento de la rendición de cuentas.

“Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, coreaba el entonces candidato con sus seguidores en la plaza pública, como si supieran que los estudiantes de la normal de Ayotzinapa se encontraban aún con vida y el gobierno en funciones los estuviera reteniendo. “Fue el Estado”, acusaron desde un principio, y pretendieron entrar a buscar a los cuarteles del Ejército; “fue el Estado”, repitieron durante años, y realizaron un pase de lista cotidiano en redes sociales para mantener el problema vigente en el imaginario colectivo. Al candidato nunca le importaron en realidad los jóvenes maestros, sino la causa que —descubrió— podría enarbolar para cumplir con sus propios objetivos: Andrés Manuel hoy es Presidente de la República, pero la justicia para los estudiantes de Ayotzinapa sigue estando pendiente.

Algo grande se cocina para el final del sexenio: el poder se extingue con cada mañanera, y los eventos de las últimas semanas son una prueba más de que el mandatario ha perdido el control sobre la gobernabilidad real del país. Los escándalos de corrupción en su entorno más cercano; las acusaciones de colusión con el crimen organizado, expresadas en un hashtag infinito. Las alianzas con lo peor del planeta; el desafío constante a EU, con la elección presidencial en puerta. Los narcotraficantes que defienden al Presidente de México, en un video de producción sospechosa; el pueblo bueno que utiliza una camioneta a guisa de ariete, en un intento desesperado por que su voz sea escuchada por quien sólo utilizó su causa para llegar al poder. El país arde, mientras el autócrata se refugia en el espejo de su propia popularidad.

“Nunca atribuyas a la perversidad lo que es culpa de la estupidez”, reza el “principio de Hanlon” como una medida eficaz para prevenir los sesgos cognitivos. La tragedia de Ayotzinapa cumplirá 10 años el próximo 26 de septiembre, justo antes de que el mandatario que prometió resolverla, y castigar a los culpables, abandone el poder. “Es mi único pendiente”, afirmó el titular del Ejecutivo hace algunas semanas; “lo que quieren es provocar”, expresó, indignado, tras el incidente de la puerta. “Por qué nada más a Claudia”, cuestionó, cuando supo que sus antiguos aliados estarán presentes en los eventos de la candidata que representa no sólo la continuidad de su legado, sino su propia seguridad jurídica y la de su círculo más cercano.

El final del sexenio se complica, mientras el Presidente se aferra al cargo que ejerce con desmesura: la izquierda real está decepcionada, pero su falta de pronunciamientos no sólo se ha debido a la lealtad y al miedo, sino a que las opciones disponibles no son suficientes para despertar su esperanza. El rencor sí lo es, sin embargo, como bien lo sabe el Presidente desde el laberinto de su megalomanía: ¿qué pasaría si las protestas alcanzaran a su candidata, y le impidieran ganar la elección? ¿Qué pasaría si el levantamiento social impidiera, en sus propios términos, el cambio de gobierno democrático? ¿Cuál sería la función del Ejército mexicano, que ha jurado lealtad al Presidente, en una circunstancia así?

Algo grande se cocina para el final del sexenio. Si está planeado, sería la mayor perversidad posible de parte de alguien que llegó al poder por métodos democráticos; de no ser así, sería la mayor irresponsabilidad de un mandatario en la historia reciente de nuestro país. Los ingredientes están ahí, a la vista de todos: quien quiera ver, que vea; quien no lo quiera ver, al menos tendrá que estar dispuesto a sufrir las consecuencias. Perversidad, o estupidez, todos vamos en el mismo barco.

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