La manzana envenenada

A mis hijas El río se torna turbulento, conforme el término legal del Presidente se aproxima. Los proyectos que no funcionaron, las alianzas que se rompieron; la incertidumbre del futuro, el poder desmesurado que se evapora. El fantasma ...

                A mis hijas

El río se torna turbulento, conforme el término legal del Presidente se aproxima. Los proyectos que no funcionaron, las alianzas que se rompieron; la incertidumbre del futuro, el poder desmesurado que se evapora. El fantasma de una nueva derrota, la tercera, que —sin duda— sería la más dolorosa. La que llegaría cuando se pensaba que se había conseguido todo.

Un caos que no es otra cosa que el reflejo mismo de la salud mental del mandatario. Un caos que ya estamos viviendo, y que sólo corresponde a sus miedos, a la malsana obsesión por el poder natural a los autócratas. El Presidente lo contamina todo: tuerce la ley a su conveniencia, y la oposición lo imita; determina los temas de la agenda pública, y sus adversarios continúan bailando al son que les tocan cada mañana.

El país es un caos, pero la conversación cotidiana se concentra en un pasado descrito a conveniencia del régimen en funciones, y en un futuro adelantado que no deja de ser remoto. Como si no tuviéramos memoria, como si no pudiéramos prever —desde ahora— el desastre que dejará la administración en funciones. Como si no pudiéramos recordar lo que pasó hace un par de años, cuando la entonces responsable de la Ciudad de México tomó la decisión de prescribirnos ivermectina para enfrentar la pandemia, sin fundamento científico; como si ya hubiéramos olvidado que los responsables de la tragedia en la Línea 12 no son otros sino los que hoy aspiran el poder. Como si no los hubiéramos visto liberando narcotraficantes, y viajando —ex profeso— para saludar a sus abuelas; como si no fueran necesarias las remesas que tanto agradecen, como si los desaparecidos —por fin— hubieran regresado entre nosotros. Como si no viviéramos, con datos, en el peor México del último siglo.

Como si no comprendiéramos la dimensión del reto —inconmensurable— que representa la construcción de un México viable a largo plazo: más allá de la elección del 2024, un país en el que tirios y troyanos tengamos cabida. Vivimos inmersos en las obsesiones de un anciano, sin recordar que, cuando en unos meses se retire a La Chingada, los problemas que su irresponsabilidad histórica han creado, seguirán estando aquí.

Y los viviremos: la inestabilidad por decreto, la connivencia con los criminales que reciben sus afectos. La figura mesiánica, la polarización; el campo minado que ha sembrado para dinamitar cualquier país que no se acerque a sus designios. Un país pobre, miserable: un país que viva de las limosnas de quienes tengan que salir huyendo; un país en el que encontremos más razones para odiarnos, en vez de cooperar en la búsqueda de algo mejor. Algo mejor, que no ofrece el Presidente: algo mejor que, hasta el momento, la oposición no ha sido capaz de vislumbrar.

Algo mejor, que no algo diferente; algo que no puede ser —en absoluto— similar al pasado que nos trajo a esta desgracia consensuada. Una desgracia que ahora sufrimos, pero que construimos, a lo largo de los años —de las generaciones— hasta que reventó con el oportunista en funciones. El oportunista: el manipulador en funciones, ahora está enfermo de poder.

Un poder que no está dispuesto a relegar, de manera alguna: quien ha prohibido cualquier cuestionamiento de quienes podrían sucederlo, también ha encontrado la manera de silenciarlos a futuro. E incluso a la oposición, que parece no advertirlo: los ordenamientos sobre la Consulta de Revocación de Mandato no son sino una manzana envenenada para cualquiera que disienta con los lineamientos de su secta. Sea cual sea el resultado, el cáncer del obradorismo seguirá enquistado hasta que se modifique el despropósito: hasta entonces, tendremos que lidiar con él.

La campaña que comienza no se trata tan sólo de ganar el 2024, sino de plantear un proyecto de nación capaz de remontar los embates del pequeño caudillo, y sobrepasar el 2027. Un proyecto que, necesariamente, debería incluirnos a todos. Esta pesadilla terminará muy pronto: de nosotros depende si queremos despertar o no.

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