La Doctrina Estrada, esta vez, no es suficiente
A mi Pilar El mundo cambia, en un pequeño instante. En un desfile en Sarajevo, en el incendio de un edificio gubernamental en Alemania. En el ataque a un pequeño puerto en el Pacífico Sur, en los abrazos y lágrimas tras un muro que se derrumba. En el momento en el ...
A mi Pilar
El mundo cambia, en un pequeño instante. En un desfile en Sarajevo, en el incendio de un edificio gubernamental en Alemania. En el ataque a un pequeño puerto en el Pacífico Sur, en los abrazos y lágrimas tras un muro que se derrumba. En el momento en el que se derrumban dos edificios emblemáticos; el momento en el que se comenzaron a difundir los videos sobre el ataque terrorista de un grupo terrorista sobre ciudadanos inocentes.
La ofensiva reciente de Hamás en territorio israelí no es un acto bélico entre dos naciones en conflicto, sino el ataque terrorista de mayor escala del siglo en curso: un ataque cometido en contra de la población civil de Israel, pero cuyo destinatario es el mundo occidental entero. Las imágenes son terribles, y es de temer que se recrudezcan conforme pasen los días: las redes sociales se han convertido en un frente tan importante como el campo de batalla convencional. Los terroristas han sabido aprovechar el nuevo territorio, orquestando el ataque en una fecha doblemente simbólica que –además– habría de ocurrir justo en fin de semana, cuando el mundo entero podría volcarse en los acontecimientos: en política y, sobre todo, en política internacional, nada es producto de la casualidad.
El mundo cambia, en un pequeño instante. Los paradigmas ya cambiaron, por lo pronto, y los nuevos equilibrios de la arena geopolítica habrán de definir una realidad que apenas comenzamos a vislumbrar. Una realidad que hoy parece lejana, pero que habrá de incidir directamente en nuestra vida cotidiana: a la nueva amenaza de seguridad que tendrá que asumir nuestro país vecino le seguirán las medidas que considere necesarias para mitigar el riesgo que se le presenta. Nuestro gobierno ya enfrenta demandas internacionales para fortalecer las fronteras y endurecer sus políticas en contra del crimen organizado: en las condiciones actuales, el mero barrunto de una complicidad con los cárteles que implique una amenaza mayor de seguridad pública sería suficiente para justificar las intenciones de sellar por completo el borde fronterizo e intervenir militarmente en territorio nacional.
Las aguas, en estos momentos, son más turbulentas que nunca: la Doctrina Estrada, en la acepción del Presidente de la República, no es suficiente. El silencio ante la agresión es en sí mismo una respuesta, y las declaraciones de los gobiernos con quienes el mandatario ha decidido aliarse un mensaje que hasta ahora suscribe, mientras no tenga el valor de pronunciarse al respecto. Es momento de tomar posiciones, y de enfocar las acciones de gobierno –y las campañas políticas– en el rumbo conveniente al país a largo plazo.
Es momento de estadistas. Más allá de ideologías, más allá de los anhelos de un anciano delirante. México es un país que se desenvuelve en un entorno global ajeno a las luchas intestinas creadas por un personaje que sólo aspira a figurar en los libros de Historia: la realidad del mundo nos alcanzó, mientras que el Presidente lleva cinco años tratando de cobrar venganza por el agravio del 2006. El titular del Ejecutivo creó alianzas inconfesables desde aquel entonces, y en su silencio justifica los ataques terroristas que el mundo entero condena: un mundo que, como el mandatario estadounidense advirtió, está observando.
El mundo cambia, en un pequeño instante: el mundo ya cambió, en realidad. México debe de tomar postura, en tanto integrante y socio comercial de una región entera: el Presidente habrá de pronunciarse, y el país asumir las consecuencias de sus decisiones. En política no hay sorpresas, sino sorprendidos: el titular del Ejecutivo sabe, mejor que nadie, la herencia y el legado que habrá de entregar a quien le suceda. México deberá de definirse: la Doctrina Estrada, esta vez, no es suficiente.
