La democracia es más que una lucha de contrarios
Es imposible saber cómo habría sido el sexenio de Manuel Clouthier, de haber llegado a la Presidencia en 1988: pudo haber sido un éxito, así como también cabe la posibilidad de que, dadas las circunstancias que se vivían en aquellos tiempos, su desempeño hubiera sido ...
Es imposible saber cómo habría sido el sexenio de Manuel Clouthier, de haber llegado a la Presidencia en 1988: pudo haber sido un éxito, así como también cabe la posibilidad de que, dadas las circunstancias que se vivían en aquellos tiempos, su desempeño hubiera sido rebasado por las expectativas de la población.
Lo que es cierto es que fue un gran candidato, y su campaña, por sí sola, marcó un hito en la historia política de nuestra nación. Maquío perdió aquella elección, como Cuauhtémoc Cárdenas, merced a un fraude cuyos responsables hoy se encuentran en el poder de nuevo; su mera participación en el proceso, sin embargo, cambió la manera prevalente de entender la política y logró despertar, por primera vez, a una clase media que hasta entonces había permanecido apática. La campaña de Clouthier fue histórica, y sentó las bases de lo que posteriormente devendría en la alternancia partidista y las instituciones democráticas que hoy se encuentran en riesgo: la misma democracia que hoy defendemos todos juntos, en las calles, portando el color rosa.
Las campañas son importantes, en tanto sus consecuencias rebasan el mero ámbito electoral e inciden —en buena medida— en la calidad del tejido social que encontrará quien, a la postre, resulte ganador del proceso. Las campañas, por sí solas, pueden transformar a las sociedades: una campaña de odio puede generar un país ingobernable para quien triunfe, prevaleciendo los intereses de quienes la azuzan en su propio beneficio; una campaña virtuosa, en cambio, puede elevar el debate y ayudar a tender los puentes necesarios para poder pensar, todos juntos, en un futuro distinto. En un futuro mejor.
Es necesario entender el juego. El mandatario es un héroe antagónico —un antihéroe, por definición— que requiere del enfrentamiento continuo para justificar su razón de existir: una campaña negativa sólo terminaría por magnificarlo, como ha ocurrido cada vez que se le ha atacado. La elección podría ganarse —o perderse—, pero el país quedaría en llamas: hasta ahora confiamos en la civilidad de las corcholatas, pero no estamos preparados para un escenario de radicalización de cualquiera de los candidatos con el apoyo irrestricto de la Presidencia, y sus factores externos de poder. En eso, y no en otra cosa, consiste el llamado plan C.
La democracia es más que una lucha de contrarios: la democracia no se trata de ganar perdiendo, sino de ganar todos juntos. Y de poder estrecharnos la mano al día siguiente: toda campaña electoral implica el triunfo de uno de los candidatos, pero el proceso debería contribuir a elevar el nivel de debate de tal forma que sus consecuencias sean virtuosas no sólo para el ganador, sino para la ciudadanía entera.
Las campañas que —en los hechos— hoy inician deberían fortalecernos como sociedad, y no dividirnos más: la reconciliación —y construcción del país a futuro— tendrían que comenzar desde el proceso de selección de candidato, e incidir —incluso— en la agenda de los adversarios. Lo contrario, disponerse a una campaña de odio para después estrechar la mano a los agraviados, no sería más que una hipocresía absoluta. Y que no funciona.
Es el momento de plantear una estrategia diferente: lo que no ha funcionado no funcionará, y el tablero de juego ha cambiado por completo. Es posible pensar distinto, sin embargo: es posible, también, ganar la elección con una campaña diferente, virtuosa, propositiva. El obradorismo se desgaja, y es posible sumar a quienes hasta hoy se consideran adversarios: la democracia no es, de forma alguna, un juego de suma cero en el que se libren batallas a muerte.
La polarización sólo fortalece al Presidente: los partidos políticos no valen más que su registro, y la sociedad civil organizada será la gran protagonista de la próxima elección, si es capaz de incluir a los más pobres y ser incluida en el proceso democrático desde la etapa inicial. Es posible reconciliar al país desde ahora: es necesario, también, que pensemos en un largo plazo conjunto. Y mejor.
