Juanito López-Gatell
Absurdo, irrisorio, lamentable. La presentación de Hugo LópezGatell –como aspirante a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México– sólo puede entenderse, o bien desde la soberbia de una administración que presume su gestión como correcta, o bien como el ...
Absurdo, irrisorio, lamentable. La presentación de Hugo López-Gatell –como aspirante a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México– sólo puede entenderse, o bien desde la soberbia de una administración que presume su gestión como correcta, o bien como el intento descarado por conseguirle impunidad al funcionario más odiado del país. En cualquier caso, no es otra cosa que verdadero insulto a la ciudadanía.
Un insulto más, una afrenta adicional del Doctor Muerte. La mayor, quizás. Un despropósito sin pies ni cabeza, que no merecería más líneas si no fuera porque sus pretensiones, si bien se convertirán en el pararrayos de la opinión pública durante los quince minutos que le correspondan, también servirán para recordar la tragedia que vivimos hace sólo unos cuantos años y cuyas ausencias aún seguimos llorando en nuestros hogares. Una tragedia que se podría haber evitado si el funcionario hubiera cumplido con su trabajo sin tratar de jugar a la política.
Ausencias que sólo tienen un responsable, y en cuyos errores López-Gatell participó de manera no sólo culposa, sino –jurídicamente– culpable. El subsecretario de Salud se dedicó a desinformar desde el primer momento en que saltó a los reflectores, y a describir el escenario que conviniera a su amo: 60 mil muertos, en el escenario más pesimista. Se negó a realizar pruebas cuando tendrían que haberse realizado, y desaconsejó el uso del cubrebocas inscribiéndolo en un absurdo contexto de lucha de clases; se negó a vacunar niños, y con su mera verborrea fue capaz de aplanar la curva cuantas veces le fue indicado, así como de domar a la pandemia cuando el show perdía rating. Justificó los detentes del Presidente de la República, y le reconoció poderes sobrenaturales que le impedían contagiar en sus giras. La lista es interminable, y todo quedó registrado para la historia.
Presidió las conferencias de prensa en 451 ocasiones, y en cada una de ellas estuvo dispuesto a pisotear su propia reputación con tal de obtener una palmadita en la espalda: “Muy bien, Hugo”, escuchaba, sonriendo en éxtasis. Mentira a mentira, López-Gatell se cerró los caminos en su profesión, en la academia, en los organismos internacionales; en cualquier gobierno de oposición, en la administración de quien hace unos días recibió el bastón de mando y que abiertamente lo detesta. El funcionario sabe lo que debe, pero también lo que le es debido: el subsecretario sabe el riesgo que corre, y que participar en la contienda –aun sin alguna posibilidad real– le podría resultar en un arreglo suficiente para evadir el presidio, al menos la próxima legislatura. Un arreglo atractivo para López-Gatell, sin duda: a final de cuentas, los diputados –y senadores– disfrutan de fuero, aunque les escupan en la calle.
El Doctor Muerte se convirtió en el símbolo de la pandemia; Hugo López-Gatell, en el símbolo de la administración obradorista. Su pretendida candidatura, en el símbolo de las ratas que, si bien no han abandonado el barco, ya comienzan a buscar sitio en el bote salvavidas. Una candidatura que sólo desnuda las carencias del obradorato para una ciudad que se le entregó, pero terminó por perderle la fe: una ciudad en la que dos de sus precandidatos no pueden caminar por las calles sintiéndose seguros, y la tercera llegó a su cargo gracias a la impostura de Juanito, quien –hay que recordar, para los jóvenes– era el candidato nominal, aunque Clara Brugada fuera la elegida para ejercer el gobierno. “La historia ocurre dos veces: la primera, como una gran tragedia; la segunda, como una miserable farsa…”.
Absurdo, irrisorio, lamentable. Juanito López-Gatell no es más que esa miserable farsa, un títere que pretende salir impune tras haberse coludido en la mayor crisis de salud de la historia moderna de nuestro país: su actuación, y la desfachatez de sus aspiraciones, el reflejo fiel de una administración que –por fortuna– languidece. El subsecretario es el símbolo de todo este desastre: ojalá –ojalá– le produzcan una gran campaña para que nadie lo olvide.
