Hay Presidente, para un tiempo
Tic, tac, tic, tac. El tiempo transcurre, y se escapa entre los dedos para quien no sólo sabe que su periodo presidencial se acerca a su fin, sino que su propia vida podría concluir antes de ver culminada su obra. El infarto sufrido hace ocho años, la hipertensión ...
Tic, tac, tic, tac. El tiempo transcurre, y se escapa entre los dedos para quien no sólo sabe que su periodo presidencial se acerca a su fin, sino que su propia vida podría concluir antes de ver culminada su obra. El infarto sufrido hace ocho años, la hipertensión arterial, los dos contagios de covid y sus posibles secuelas. El extenuante ritmo de trabajo, el desgarre en una pierna, el cateterismo que interrumpe sus planes, y le obliga a enfrentarse a un abismo para el que no estaba preparado.
“Hay Presidente, para… un tiempo”, señaló con desazón evidente en un mensaje transmitido por redes sociales. “Ya no quiero seguir hablando de estas cosas”, prosiguió mientras trataba de regresar a su narrativa habitual. “Ya espero que… ya no hablemos de esto, y solamente de la felicidad de nuestro pueblo”, imploró quien también sabe que, con esto, termina la que en el futuro será referida como la época dorada de su administración, el periodo en el que ejerció el poder como si éste fuera eterno, cuando se le perdonaron errores y mentiras como si fuera inmortal y hubiera que temerle para siempre.
Pero no lo es —ni mucho menos— aunque el Presidente apenas lo esté descubriendo así, tras un incidente que en público desestimó como un cateterismo de rutina, pero que, en los hechos, lo ha llevado a reflexionar sobre su propia muerte y lo que podría ocurrir a la nación en el caso de su ausencia. “Quiero también decirles que yo tengo un testamento político”, advirtió, sonriente, sin darse cuenta de que, al anunciar algo así, en realidad estaba abriendo la caja de Pandora. A partir de aquí, vendrá la locura.
La locura, tal cual. La locura de un pueblo que se entregará a la adoración de un Mesías agonizante; la locura del mismo Mesías, que hará todo lo posible con tal de proteger lo que considera su propio legado. La locura de una sociedad polarizada, en la que se ha procurado exaltar a los más radicales; la locura de un Presidente al que ahora ronda la muerte, y que no podrá volver a confiar en nadie de nuevo.
La locura de estar introduciendo a la agenda pública un documento que no sólo resulta ser apócrifo, sino también ilegal; la locura de esperar, de un Presidente democrático, una prestación que en ningún caso debería incluirse en un testamento. La locura de un sexenio que, en los hechos, ha terminado antes de tiempo; la locura de un movimiento que nunca pudo superar a su fundador, la locura de un candidato que llegó a ser jefe del Ejecutivo, pero no fue capaz de convertirse en Presidente de la República.
Un hombre al que, ahora, se le está acabando el tiempo. El supuesto testamento político —que habría sido preparado por el Presidente para garantizar la gobernabilidad del país, en el caso de su propia ausencia— en poco podría diferenciarse de la suma de las políticas públicas en curso, de su cartilla moral, del compendio de todos sus libros o de la transcripción de cada una de sus conferencias mañaneras. De todo aquello que nos estorba como sociedad, de las ideas que nos han dividido para beneficiar a unos cuantos, de un camino de polarización en el que sólo le interesa que sigamos a quien pretende seguir imponiendo su voluntad incluso después de haber muerto.
Tic, tac, tic, tac. El sexenio terminó desde un principio, cuando el Presidente no sólo fue incapaz de comprender el país que recibía, sino que tampoco pudo entender el mundo al que habría de enfrentarse. Por eso se acercó a los populistas, por eso se alejó del mundo civilizado y ha decidido acercarse a los regímenes más autoritarios del mundo, en un proyecto cuya continuidad pretende garantizar con su testamento, pero que ha llegado el momento de reconsiderar, seriamente, ante su probable —y cercana— ausencia.
Ya vimos a dónde vamos: ahora tendríamos que preguntarnos si de verdad queremos llegar ahí, cuando todo esto pase. México no tiene por qué seguir en el camino del subdesarrollo bolivariano: México podría estar cambiando de rumbo, en un futuro no muy lejano. Por lo pronto, hay Presidente… aunque sea para un tiempo.
