¿Hacia dónde nos dirigimos?
Felicidades, PP. Gracias, totales. El día de la elección se aproxima y los contendientes afinan su estrategia de cara a la siguiente gran batalla. Las propuestas, los datos duros; los comentarios insidiosos, las descalificaciones y las burlas. Las frases hirientes, ...
Felicidades, PP. Gracias, totales.
El día de la elección se aproxima y los contendientes afinan su estrategia de cara a la siguiente gran batalla. Las propuestas, los datos duros; los comentarios insidiosos, las descalificaciones y las burlas. Las frases hirientes, los errores provocados: el debate del próximo domingo será una lucha encarnizada cuyo resultado no sólo marcará el tono final de la contienda en curso, sino el que seguirá la conversación pública en los años venideros.
“Ricky Riquín Canallín”, espetó el Presidente, cuando candidato, para noquear a uno de sus contrincantes. Las ideas no se recuerdan ahora: las promesas nunca habrían de cumplirse. Lo que —en su momento— se consideró un desplante genial, no sería sino un anticipo de lo que habría de ser el desempeño de su gobierno: una administración sin demasiados resultados, pero con muchas notas de prensa. Un movimiento cuyo origen devino de la propaganda, y cuyo futuro no fue capaz de vislumbrar opciones distintas a las ocurrencias de un bufón que terminó por convertirse en caudillo.
Las campañas terminarán muy pronto, y —al final— alguna de las candidatas se impondrá con el triunfo; los dirigentes de los partidos disfrutarán de las posiciones que se encargaron de asegurar, a su tiempo, y el Presidente continuará en la campaña que emprendió desde hace años para asumir el liderazgo en el Foro de Sao Paulo. Las campañas terminarán muy pronto, pero quienes las tienen a su cargo parecen estar dispuestos a incendiar la pradera con tal de conseguir sus propios fines: alcanzar la Presidencia a toda costa, conservar los privilegios adquiridos, satisfacer la megalomanía de un personaje. La gente —al parecer— votará por lo que se le diga, si consiguen enfurecerla lo suficiente…
El país del futuro se construye desde ahora: los problemas del mañana no serán sino producto de los enfrentamientos de hoy. El mandatario ha dedicado los minutos más valiosos de su tiempo a la construcción de un falso dilema que, en sus propios términos, implicaría la elección entre dos opciones contrapuestas e irreconciliables: chairos o fifís, cuatrotés o conservadores. Nosotros o ellos, como parecen haberle comprado quienes hoy se asumen adversarios frontales del Presidente más popular de la historia reciente, y no son capaces de entender que al 2 de junio le seguirá un 3, y, a este año, muchos más en los que nos veremos obligados a reconstruir el tejido social —y trabajar juntos— para poder enfrentar los retos que se avecinarán en el futuro cercano: el Presidente no barrió las escaleras de arriba para abajo, como había prometido, sino que se limitó a esconder la basura bajo la alfombra de sus conferencias mañaneras.
El siguiente sexenio será un caos, sin importar quién triunfe, y la próxima presidenta no sólo heredará los problemas provocados por una administración mediocre, sino que habrá de sufrir las consecuencias naturales a la ausencia del caudillo engrandecido. Los equilibrios habrán de romperse, y quienes hoy disfrutan —directa, o indirectamente— de las mieles del poder, no renunciarán con facilidad a lo que hasta ahora paladean: por lo pronto, y como si fuera un aviso previo, la candidata oficial advirtió hace unos días que las concesiones a las Fuerzas Armadas continuarían de llegar a la Presidencia, pero se revisarán de acuerdo a sus propios criterios. Un aviso fuerte, que no puede ser soslayado por quienes esperan que los abrazos —en lugar de los balazos— prosigan con el mismo afecto, con todo lo que eso significa.
Es momento de estadistas: lo que ahora presenciamos no es sino un anticipo de lo que habremos de vivir, ante la ausencia del patriarca cuya herencia se disputará —a dentelladas— entre las hienas de las que se ha valido. El Presidente dejará un vacío que no podrá ser cubierto con un mero bastón de mando, y ni siquiera con un enorme triunfo democrático: nuestro mundo cambiará en cuarenta días, y tenemos que entender que el futuro que deseamos se construye cada día. ¿Hacia dónde nos dirigimos?
