Gato por liebre

El Presidente nunca prometió regresar el Ejército a los cuarteles, dice ahora. Como si no hubiera sido una de sus propuestas principales de campaña, como si no existieran los videos y registros de cada una de sus diatribas. Como si los treinta millones de votantes que lo ...

El Presidente nunca prometió regresar el Ejército a los cuarteles, dice ahora. Como si no hubiera sido una de sus propuestas principales de campaña, como si no existieran los videos y registros de cada una de sus diatribas. Como si los treinta millones de votantes que lo escucharon —y confiaron en sus promesas, durante dieciocho años— estuvieran dispuestos, sin más, a perder la memoria.

¿Por qué luchaban los aplaudidores del régimen, hace seis años? ¿Por qué luchaban hace doce, hace dieciocho? ¿Por qué votaron por él, en realidad? La izquierda mexicana dejó de perseguir sus propios objetivos históricos desde hace muchos años, para concentrarse en las ambiciones de una sola persona que ha exigido lealtad absoluta: en el obradorismo no cabe la crítica, no hay lugar para cuestionamientos. Andrés Manuel, como candidato, se montó en las causas que podrían llevarlo al poder, enardeció a la gente y dividió al país: López Obrador, como Presidente, olvidaría lo prometido y se limitaría a barrer los problemas debajo de la alfombra de cada conferencia mañanera.

Conmigo o contra mí, les advirtió a sus seguidores desde el principio: la izquierda mexicana terminaría por olvidar sus ideales, y por aplaudir al Ejército —y repudiar a sus víctimas— si así fuera dispuesto desde el Palacio Virreinal. Los desaparecidos se borraron de las listas, la niñez fue abandonada, los padres de los niños con cáncer fueron acusados de una conspiración absurda: la pandemia se minimizó desde un principio y, cuando se le prestó atención, fue con medicina contra piojos. La izquierda soslayó la corrupción de los más cercanos en las obras emblemáticas, y ha celebrado la destrucción de la selva —y los manglares— para cumplir con los caprichos presidenciales; socavó las instituciones democráticas que la llevaron al poder, y ha retrocedido en las causas del feminismo. Quien en su momento se atrevió a cuestionar, y pretendió ser candidato, terminó perdiendo en las encuestas.

La pregunta es necesaria, y se formula hacia la izquierda, de manera directa: ¿por esto fue por lo que votaron? ¿Es esto, de verdad, a lo que pretenden poner un segundo piso? Les tomaron el pelo; a nosotros, también. En realidad, a todos: llevamos seis años peleando entre los delirios de un personaje tóxico, cuyas convicciones cambian de acuerdo a los tiempos y sus propios intereses personales. La mal llamada cuarta transformación no es sino lo que se le ocurre al mandatario cada día, que lo mismo puede consistir en regresar el Ejército a los cuarteles, como lo hizo en campaña, que encumbrar a las Fuerzas Armadas con privilegios y contratos como sucedió en cuanto llegó al poder y tuvo que protegerse. Los adversarios de ayer, dejaron de serlo en cuanto así lo dispuso; los aliados de hoy, se convertirán en los enemigos del mañana cuando así se le ocurra. ¿En dónde los colocará entonces?

“No mentir, no robar, no traicionar al pueblo”. Los izquierdistas tendrían que ser los primeros preocupados por la llegada de quien ofrece el segundo piso a las mentiras por las que votaron hace seis años, y que hoy saben nunca se habrían de cumplir. Las causas nunca importaron, en realidad: los estudiantes de Ayotzinapa no fueron más que un vehículo para llegar al poder, así como las madres de los desaparecidos, quienes pensaban que defendían un lago, o —incluso—quienes hoy se benefician con los programas sociales.

La izquierda mexicana votó por un monstruo que cambió de forma en cuanto llegó al poder, y que supo confundirla no sólo con las palabras que deseaba escuchar, sino con las promesas que no pensaba cumplir. Aceptaron convertirse en una mera mercancía electoral: el país está dividido como nunca, y parecería que hemos dejado de pensar en un futuro conjunto para concentrarnos en los rencores y obsesiones de un cretino que sólo piensa en sí mismo. Los problemas continúan, y no seremos Dinamarca en tres meses: es triste decirlo, pero —en realidad— les han estado dando gato por liebre. Y, en el 2024, se ofrece con segundo piso.

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